Por: Servando Nava Echeverría
Que palabra tan desconcertante, pocas veces escuchada o utilizada en nuestro hablar o escribir cotidiano. La palabra abrumado o el verbo Abrumación, nos señala la Real Academia del lenguaje, es “…un estado de agotamiento o confusión por recibir demasiada información y ello implica una carga excesiva de responsabilidades o sentir que una situación sobrepasa la capacidad de manejo. Esta circunstancia de agobio, saturación, sofoco o desbordamiento, nos provoca angustia, opresión o atribulación...”.
Este sentimiento de abrumación se exalta en la vejez, debido a que, en esta etapa de la vida, con los años transcurridos, es evidente que vamos acumulando una enorme información y experiencias, de toda índole; que todos hemos experimentado (es menester señalar que no toda esta información o experiencia es positiva, también se amontonan los desechos obscuros, la parte perversa del ser humano), y este atosigamiento de inquietudes pareciera que se refleja en estados de estrés, neurosis, malestar emocional, estados depresivos, irritación, pero también, paradójicamente, el hecho de estar abrumado nos lleva de la mano a la construcción de historias, a reescribir lo vivido, a plasmar el pasado, para que las futuras generaciones nos conozcan, compartiéndoles nuestros anhelos ante la brevedad de lo que se viene. Pero, sobre todo, y esa es la parte positiva del concepto de Abrumación, escribiendo vamos a liberar espacio en nuestro software neuronal, seremos más libres y agiles mental y emocionalmente, al no tener que cargar con tantas vicisitudes conscientes. Cuando esas cosas del pasado, las convertimos en presente ayudándonos del cómplice conjuro de la memoria y de escriturar lo vivido, vamos a reducir nuestro estado de abrumación, de aflicción, aunque seguramente otras que descansan en el subconsciente activo, como nos señaló Sigmund Freud, permanecerán activas; de ahí la importancia de la Psicoterapia, para que, con su ayuda, liberemos la otra parte, oculta, pero presente.
Por eso viajo con frecuencia a los anaqueles de la infancia, para liberarme de una parte de la abrumación, de esa carga de responsabilidades, errores y demás zonas culposas de la conducta, y así, atisbo por las brumas del pasado, y descubro con pesar, como la naturaleza hizo su impío trabajo de llevarse al cielo, eso decía mi madre, a mis dos pequeños hermanitos, de apenas meses, con sus pulmones inundados de la Neumonía. Al paso del tiempo, quizás somos extraños ese niño y yo, ahora pienso que aquel niño jamás imaginó que el tiempo y la vida misma, al paso de los años, me arrebataría a papá, a mi hermano Raúl, y unos años después también me alejo de mi madre. En esa infancia edulcorada de ingenuidad y tristezas, también me despojó de los ferrocarriles; si, de los trenes; porque como recuerdo esa época, que me abruma, me acongoja; recordando al niño, aquel que azorado tenía frente a sí aquel monstruo metálico y ruidoso que rezongaba echando humo por todas partes: las máquinas de vapor. En este recorrido por la infancia, de niño ferrocarrilero, viene a mi mente aquel viaje en el tren nocturno a la ciudad de México, cuando curioso, con mi rostro pegado al frío cristal del vagón, observaba perplejo a la máquina diésel, allá lejos en la punta del tren, chorreando luz por su nariz, quien con dulce nostalgia iluminaba las vías que brillantes le respondían y daba un sobresalto, al escuchar el ulular del silbato de la maquina avisando la llegada a una estación.
He pensado muchas veces, que el infortunio del vivir radica en no tener una madriguera para las ilusiones, por eso los niños viven felices con su incontenible imaginación, mientras que los adultos, y en particular los viejos, tenemos la obsesión de tener, de guardar, de poseer, ante nuestra escasez de imaginación, pero, sobre todo, ante la pobreza de futuro. Hay imágenes, las del pasado remoto, que se nos quedan cinceladas en la memoria, muchas de ellas con increíble delicadeza y hasta se alborotan los detalles pequeñitos, lo que dificulta la posibilidad de reducir la Abrumación de mi mente y de mi ser. Muchas imágenes se fueron con el olvido y desaparecieron en la nada. No sabemos por qué otras aún persisten por inexplicables motivos, con emociones manifiestas, y aparecen en nuestras pupilas en cuanto las evocamos.
Ah, esto es renacer en la transparencia de aquel niño, es traer al hoy la inocencia de un pequeño y ahora en el fondo de mí, tengo un estremecer profundo, cuando me doy cuenta que el vivir se empaña, se ensombrece y solo se convierte en suma de recuerdos bañados por la nostalgia de lo que ya no es. Pero, en fin, así es esto. Un día el tren sale silbando, rugiendo para recorrer, admirar, disfrutar, saborear el camino, porque un día oiremos un toque largo y lastimero, anunciando la llegada: el viaje ha terminado. Como pueden sentir, estoy abrumado por los recuerdos, las vivencias, que curioso, por la vida misma.
