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Del conflicto a la escucha, cómo sanar los primeros años

Foto(s): Cortesía
Redacción

Por Alejandro José Ortiz Sampablo

En el conflicto parental el niño pierde su soberanía, porque su mundo se vuelve un rehén de la disputa de los adultos. Los padres en conflicto creen que "entienden" perfectamente a su hijo —usualmente para usarlo contra el otro—. Supongo que son conocidas las interpretaciones del mundo infantil a partir del dibujo. Me auxiliaré de esto para mostrar la incomprensión del adulto frente a ese mundo que un día habitó:

El adulto en conflicto intenta "leer" el dibujo (o la conducta del niño) desde su propia rabia o conveniencia legal. "Dibuja a su papá lejos porque no lo quiere", dicen unos; "Lo dibuja así porque le tienen miedo", dicen otros.

Cuál es nuestra propuesta

El primer paso, al parecer infranqueable, será solicitarles, a madres y padres, lo mismo que le solicitamos a nuestros pacientes en la primera sesión: Docilidad y paciencia, y agrego, a modo de broma, que, de tener dichas aptitudes, no se encontrarían en el padecimiento que los trae a mi consultorio. Para estos casos también les pediría que confíen en que, de ejecutar la propuesta, mirarán algo que siempre ha estado frente a sus ojos.

El segundo paso, será invitar a los adultos (madres, padres, abuelos) a renunciar a nuestra "traducción dictatorial", a admitir que no sabemos todo sobre el niño y la niña y pasar a una escucha, para poder reconocer que el niño tiene un mundo propio, difícil y sagrado, que no debería ser campo de batalla. Esto es lo que abrirá la posibilidad de sanar esos primeros años de las infancias.

Para terminar, me gustaría compartirles una breve anécdota que viví en la Brigada que realizamos en el Instituto de Estudios e Investigación Psicoanalítica (INEIP A.C.), en la sierra chontal en el 2018.

¿Cómo dibujan los niños?

En una pequeña escuela primaria, estando reunidos los seis grados, les pregunté a las y los niños:

—¿Cómo dibujan los niños? — a lo que respondieron:

—¡Bonito!

—¿Quién los ha engañado? —les dije—. Otra vez, ¿cómo dibujan los niños?

—¡Feo! — Volvieron a gritar en coro

—Qué inteligentes son. Aplican la lógica, de que “si no es Chana es Juana”.

Les mostré mi mano, y les pregunté si sabían cómo se llamaban las articulaciones que les señalaba, les dije, “son las falanges”, y no entré en más detalles, para no distraerlos. Esta parte del cuerpo es de las últimas que maduran, entre los seis y diez años, es decir, nosotros los seres humanos demoramos mucho tiempo en dominar el uso de la mano, es por tal razón que los y las niñas no dibujan feo ni bonito, dibujan como niños.

Al final les hice la analogía: que de no existir la chicharra de regreso a clases después del recreo ellos seguramente seguirían jugando y que, lamentablemente para ellos, en el mundo de los adultos no existe una chicharra que los regrese a la tarea de prestarle atención a sus hijos, en este caso ellos. Así que cuando sus papás les dijeran que son lentos o torpes y que hacen mal las cosas, no se lo tomaran en serio. Es que ellos —sus papás— han perdido ya la posibilidad de ver ese mundo que ellos habitan, y que procuraran recordar: ustedes no hacen las cosas “mal”, sino “como niños”.

Les agradezco que me hayan prestado atención como “traductor de una lengua olvidada” y ahora me permitan invitarlas e invitarlos a que seamos esa chicharra. Quienes ocupamos un lugar en la pirámide social, ya sea como profesional de la vida psíquica o servidor público encargado de proteger a las infancias estamos llamados a ser ese ruido que avise a madres y padres que el recreo del conflicto debe terminar, para que regresen a prestar atención al futuro, sus hijos.

No te pierdas nuestros artículos de “Consultorio del alma” y de “Lecturas para la vida”, donde leerás el encuentro ético entre el analista y su propia ignorancia frente al saber.

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*Esta colaboración es la última de cuatro partes de la columna Consultorio del alma, cuenta conmigo. 

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