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Vive Coicoyán en el abandono

Foto(s): Cortesía
Redacción

FORMATO A SEIS COLUMNAS CON TRES FOTOS 

 

 

 

 

 

 

 

Las huellas del abandono son evidentes. No hay casas con lujos ni carros del año; hay gente que desde temprano, alrededor de las 8:00 horas de la mañana, se levanta para comenzar el día.

 

 

En la cabecera municipal de Coicoyán de las Flores, en la Mixteca oaxaqueña, el comercio es una de las principales actividades, incluso se nota por la presencia de zapaterías, boutiques con amplio surtido de ropa, tiendas de abarrotes y casas de materiales.

 

 

El problema aquí, parece, es que no hay clientes; ¿a quién le venden?... Precisamente esa falta de consumidores es la que crea un efecto de estancamiento de la economía porque el comercio llega y aquí se queda.

 

 

Las mujeres son quienes atienden puestos de comida donde se ofrecen tacos dorados, memelas y gelatinas; a los adultos mayores, quizá para no exponerlos a esfuerzos grandes, les asignan atender las misceláneas, principalmente.

 

 

Un abuelito mira extrañado pasar los coches mientras espera un cliente que se lleve uno de los cientos de botes de aceite o anticongelante que están en los anaqueles de madera de su amplio local.

 

 

Son casi las 11:00 horas y el sol, que ya comienza a calentar, cae sobre el equipo de basquetbol de la primaria que se ejercita en el patio, de tierra, antes de ir a competir a la cancha de básquetbol que está a un lado del palacio municipal.

 

 

El básquetbol, ese deporte que se inventó en Springfield, Massachusetts, a casi 5 mil kilómetros de Coicoyán de las Flores, es el arte de la región.

 

 

En las agencias, nada cambia

 

 

Para llegar a una de las cuatro agencias que forman parte del territorio de Coicoyán de las Flores, hay que recorrer caminos de terracería que, además de parecer desiertos, parecen no tener fin y conducir a ninguna parte.

 

 

Sin embargo, durante la travesía se distingue de lejos un asentamiento humano; ¿y por qué más se podría distinguir un asentamiento humano a la distancia si no es por su fe? Las iglesias, ostentosas y que se elevan por lo alto, contrastan con la pobreza de la zona.

 

 

En el Encino Amarillo o en El Jicaral, al igual que en la cabecera municipal de Coicoyán de las Flores, los niños nacen con el balón de básquetbol en la mano. Hay telesecundaria, telebachillerato y una primaria, pero nada como el básquetbol, porque encestan hasta las niñas con falda.

 

 

Para la hora de la comida hay tenates con tortillas de masa hechas a mano, frijoles y sal; es todo. La carne es algo para lo que no alcanza (por no decir desconocido).

 

 

La pobreza, dicen las autoridades locales, se debe a que “el gobierno nos tiene olvidados”.

 

 

Lo que nunca se olvida de pasar por aquí es el sol, que se despide de El Jicaral y el Encino Amarillo justo antes de esconderse detrás de los cerros. Empieza a oscurecer alrededor de las 6:40.

 

 

En los caminos de terracería y en las calles de Coicoyán, ya casi al caer la tarde, irónicamente hay más movimiento. Son los hombres que llegan de los lejanos sembradíos, acompañados de sus hijos a quienes les están inculcando el trabajo, para dormir en sus casas.

 

 

Los más pequeños juegan con los últimos rayos del sol bajo un cielo rojizo, rosado y morado, salen a encontrar a sus padres que llegan cargando la herramienta.

 

 

Las mujeres caminan apresuradas para llegar a casa y tener listo el café y el pan para la cena. Mañana será otro día.

 

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