Por P. Gregorio Gil Cruz Glz.
Evangelio: Jn: 3,16-18
“Tanto amó Dios al mundo, que le entregó a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino tenga la vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salvara por él. El que cree en él no será condenado; pero el que no cree ya está condenado, por no haber creído en el Hijo único de Dios.” Palabra del Señor.
Celebramos la solemnidad de la Santísima Trinidad, el gran misterio de Dios Trino. Dios revelado, manifestado en tres personas distintas: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. El misterio de la Santísima Trinidad -un sólo Dios en tres Personas distintas-, es el misterio central de la fe y de la vida cristiana, pues es el misterio de Dios en Sí mismo. Aunque para nosotros es un dogma difícil de entender, fue el primero que entendieron los Apóstoles. Después de la Resurrección, comprendieron que Jesús era el Salvador enviado por el Padre. Y, cuando experimentaron la acción del Espíritu Santo dentro de sus corazones en Pentecostés, comprendieron que el único Dios era Padre, Hijo y Espíritu Santo.
La unidad de Dios en tres personas distintas es el misterio central de nuestra fe cristiana. Sólo a partir de esta fe pueden ser comprendidas rectamente en su sentido ontológico y salvífico, y en toda su amplitud la figura y obra de Jesucristo nuestro Señor. Así, pues, la estructura de toda la fe cristiana está determinada por la expresión per Christum in Spiritu Sancto ad Patrem.
Padre, Hijo y Espíritu Santo tienen la misma naturaleza, la misma divinidad, la misma eternidad, el mismo poder, la misma perfección; son un sólo Dios. Además, sabemos que cada una de las Personas de la Santísima Trinidad están totalmente contenidas en las otras dos, pues hay una comunión perfecta entre ellas. Con todo, las personas de la Santísima Trinidad son distintas entre sí, dada la diversidad de su misión: Dios Hijo-por quien son todas las cosas- es enviado por Dios Padre, es nuestro Salvador. Dios Espíritu Santo -en quien son todas las cosas- es el enviado por el Padre y por el Hijo, es nuestro Santificador.
El misterio de la Santísima Trinidad no se refiere a algo escondido, oculto o abstracto, más bien es la confesión con la cual los cristianos reconocemos a Dios como Padre, como Hijo y como Espíritu Santo. Y es un Dios no lejano sino cercano a nosotros, a quien identificamos como un Papá bueno que ama entrañablemente a sus hijos y que quiere que lleguemos a la plenitud de la vida. Es, pues, un Dios que por amor se manifiesta como Padre, Hijo y Espíritu Santo, porque quiere ser accesible, cercano, alcanzable a nosotros.
“Tanto amó Dios al mundo, que le entregó a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino tenga la vida eterna”. ¿Cuál es el plan de Dios al crearnos, al darnos a su Hijo y al dejarnos el Espíritu Santo? Hoy encontramos la respuesta en lo que nos dice el Señor: la vida eterna. Dios nos ama y quiere comunicarnos su vida divina, nos invita a vivir en comunión con Él pues somos sus hijos. Por eso el misterio de la Santisima Trinidad es un misterio de amor. Dios se manifiesta como un Padre que ama entrañablemente a sus hijos y por ese amor nos entrega a su Hijo para que sea el rostro visible y nos muestre el camino y con la ayuda del Espíritu Santo tengamos la vida eterna.
Bendito sea Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, porque con su gran amor quiere la salvación de todos. Dios Uno y Trino los bendiga y los guarde. Feliz domingo.
@PGil_Cruz
