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¿Qué hacemos parados, mirando al Cielo?

"¿Qué hacen allí parados, mirando al cielo?".
Foto(s): Cortesía
Redacción

Por Lubia Esperanza Amador

Hoy celebramos la Ascensión de Nuestro Señor Jesucristo, quien después de su Resurrección durante un periodo de cuarenta días estuvo apareciéndose a sus apóstoles, dando muestras de su Resurrección, hasta que ascendió a los Cielos. Subió, como Él mismo nos dijo, a la Casa de su Padre, a donde nos reservará una habitación a cada uno de nosotros, para que donde Cristo está, nosotros también estemos (Jn 14, 2-3). 

El pasaje de Hechos de los Apóstoles nos narra que, al momento de la Ascensión, Jesús "se fue elevando a la vista de ellos, hasta que una nube lo ocultó a sus ojos. Mientras miraban fijamente al cielo, viéndolo alejarse, se les presentaron dos hombres vestidos de blanco, que les dijeron: "Galileos, ¿qué hacen allí parados, mirando al cielo? Ese mismo Jesús que los ha dejado para subir al cielo, volverá como lo han visto alejarse" (Hechos 1, 9-11).

A veces nosotros también nos quedamos parados mirando al Cielo, como si de ahí fuera a caer, casi por arte de magia, la solución a nuestros problemas. Es muy bueno tener nuestra esperanza puesta en el Señor, nuestra confianza total en Él, pues es nuestro Salvador; sin embargo, no debemos ser simples espectadores. No podemos solamente fijar nuestra mirada en el cielo, cuando en la actualidad hay tantos cristianos perseguidos y asesinados; tantos católicos confundidos, o que decepcionados abandonan la Iglesia; tantas personas que mueren de hambre o que tienen que abandonar su patria por la guerra, la violencia, la pobreza; tanta injusticia social, corrupción, inseguridad, desintegración familiar, etc. Ante todo esto nosotros, ¿vamos a quedarnos parados mirando al cielo? Yo creo que no, que debemos pasar de la especulación, a la acción, pues Jesús nos pide que, con la fuerza del Espíritu Santo, "seamos sus testigos"... hasta los últimos rincones de la tierra" (Hechos 1, 8). Y esto significa ofrecer nuestra propia existencia, nuestra propia "persona", como dice San Pablo, "como una víctima viva, santa, agradable a Dios" (Rm 12, 1); y es que ser católico no es cumplir con un horario, no se trata tampoco de un traje a la medida o un abrigo que podemos colgar en el perchero al volver a casa; no, ser católico es un quehacer de tiempo completo, es todo un estilo de vida como nos lo recordaba el Papa Francisco que de Dios goce. 

Afortunadamente tenemos un don extraordinario, una riqueza inagotable en la Eucaristía, pues ahí está verdaderamente presente Jesucristo en Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad (Mt. 26, 26-28), ahí, ciertamente Cristo se ha quedado con nosotros todos los días hasta el fin del mundo (Mt. 28, 20); ahora, si queremos verlo en la dimensión netamente humana, no sólo dirijamos nuestra mirada al cielo, sino a nuestro prójimo, especialmente a los más pequeños y necesitados, pues lo que hagamos por cada uno de ellos lo estaremos haciendo por el propio Jesucristo (Mt 25, 40). Santa Teresa de Calcuta es un gran ejemplo de testimonio, cuentan que en una ocasión rescató de un basurero a una mujer que agonizaba por la lepra y al ir curando sus llagas le dijo que quería hablarle de Dios, Nuestro Señor; aquella mujer le respondió: "yo no sé quién es tu Dios, pero si es como tú, no sólo quiero que me hables de Él, quiero conocerlo".

Cristo nos dio a todos el mandato misionero: "Vayan, pues, y hagan discípulos a todos los pueblos..." (Mt. 28, 19-20). El Año pasado, el Papa León XIV en la homilía del Domingo 1 de junio, que coincidió con el Jubileo de las Familias, nos dijo que “si nos amamos así, sobre el fundamento de Cristo, que es «el Alfa y la Omega», «el principio y el fin» (cf. Ap 22,13), seremos un signo de paz para todos, en la sociedad y en el mundo. No hay que olvidarlo: del seno de las familias nace el futuro de los pueblos”. ¡Que así sea!

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