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Asueto escolar: ¿Por la FIFA o por el calor?

Foto(s): Cortesía
Joel Vicente Cortés

La fallida maniobra del “asueto adelantado” impulsada desde el aparato educativo federal terminó revelando más de lo que pretendía ocultar. Oficialmente, el argumento era proteger a niñas y niños de las altas temperaturas. Pero políticamente, la operación parecía perseguir otro objetivo mucho menos pedagógico y mucho más rentable: blindar el espectáculo futbolero de la FIFA y evitar cualquier perturbación social que empañara el negocio mundialista.

​En el fondo, la jugada armada entre el entorno político de la jefa de gobierno capitalino y el grupo del secretario de Educación Pública llevaba implícita una lógica evidente: desactivar anticipadamente tensiones sociales y, sobre todo, medir la capacidad de reacción de dos actores incómodos para el régimen: los padres de familia y la CNTE. El problema fue que el globo sonda terminó explotándoles en la cara.

​A Mario Delgado lo dejaron prácticamente solo frente al vendaval. Se convirtió en receptor de la indignación digital, de las burlas mediáticas y de la crítica política, mientras el resto del aparato gubernamental guardó prudente distancia. Ni defensa frontal desde Palacio Nacional ni respaldo sólido desde la Ciudad de México. El secretario apareció como ese funcionario útil para absorber costos políticos mientras otros calculan beneficios futuros. En política mexicana, ese tipo de sacrificios rara vez son gratuitos: se pagan con candidaturas, embajadas o supervivencia burocrática.

​El gobierno de Claudia Sheinbaum necesita llegar al Mundial de Futbol con estabilidad social, narrativa internacional positiva y control político razonable. El problema es que México acumula demasiados frentes abiertos: inseguridad, disputas internas dentro de Morena, tensiones con Estados Unidos, gobernadores incómodos y una disidencia magisterial históricamente impredecible. En ese contexto, la FIFA deja de ser solamente deporte. Se convierte en asunto de seguridad política. Por eso el intento de adelantar vacaciones escolares parecía más una operación preventiva que una decisión pedagógica seria. La prioridad no era el calendario escolar, sino reducir márgenes de conflicto en las calles.

​Sin embargo, los operadores del oficialismo calcularon mal. La CNTE —y particularmente el movimiento magisterial oaxaqueño— no modifica su táctica por un anuncio improvisado desde la SEP. Sus escenarios de negociación están históricamente prefigurados: movilización, presión escalonada, disputa mediática y negociación simultánea en lo nacional y local. Eso explica por qué la maniobra no desactivó la tensión. Apenas la desplazó unos días. La dirigencia nacional del SNTE recibirá el paquete tradicional: incremento salarial dentro de los márgenes permitidos por la ortodoxia financiera, (FMI) ajustes cosméticos a los mecanismos administrativos del SICAMM y algunos retoques discursivos sobre revalorización docente. El mensaje para el sindicalismo institucional será claro: estabilidad, disciplina y gobernabilidad rumbo al Mundial.

​Pero la relación con la CNTE es otra historia. Ahí el problema no es solamente presupuestal. Es político. Dentro de la Coordinadora conviven dos pulsiones permanentes: los negociadores y los rupturistas. Si el gobierno federal abre márgenes reales de interlocución, avanzarán los primeros; si responde con cerrazón o simulación, crecerán los segundos. Y en Oaxaca, donde el movimiento suele radicalizar los escenarios nacionales, esa tensión puede adquirir dimensiones mayores. El MDTEO no solo disputa demandas laborales. También disputa narrativa política. Y ahí aparece el verdadero temor gubernamental: que el Mundial coincida con imágenes de bloqueos, marchas, plantones o confrontaciones capaces de romper la escenografía internacional que el nuevo régimen intenta vender como símbolo de estabilidad y transformación exitosa. La contradicción resulta irónica.

​El problema para Morena es que el sindicalismo disidente no funciona con lógica electoral simple. Su dinámica histórica responde más a correlaciones internas, presiones regionales y legitimidad frente a bases movilizadas. Por eso el 15 de mayo abrirá o cerrará. Será una prueba de fuerza. Desde ahora se perfilan tres escenarios posibles:

1. Acuerdo controlado. Gobierno y CNTE logran una negociación limitada que permita bajar temporalmente la presión. Habría concesiones parciales, narrativa de diálogo y tregua táctica hasta después del Mundial.

2. Escalada del conflicto. La cerrazón gubernamental fortalece a los sectores rupturistas y empuja movilizaciones más agresivas. El fantasma del boicot político-mediático al Mundial reaparecería como amenaza simbólica.

3. Tregua simulada. Ambas partes administran el conflicto sin resolverlo de fondo. Se evita la confrontación durante el Mundial y la disputa se pospone hacia el escenario poselectoral y sindical de 2027.

​Cualquiera de las tres rutas impactará directamente en otro terreno poco mencionado: la renovación de dirigencias sindicales. Detrás del conflicto magisterial también se mueve la disputa por el control futuro del SNTE y de varias secciones estatales. Y ahí la 4T necesitará algo más que discursos progresistas: requerirá operadores, acuerdos, control territorial y capacidad de contener fracturas. El problema es que el viejo corporativismo priista no desapareció. Solo cambió de colores, de consignas y de narrativa.

​Ya no se habla de “unidad revolucionaria”, sino de transformación; ya no se invoca al nacionalismo revolucionario, sino al humanismo mexicano. Pero el mecanismo sigue siendo el mismo: administrar la protesta sin permitir que desborde al poder. La ironía final es brutal.Mientras millones de dólares se movilizan para proteger la fiesta futbolera global, el debate educativo nacional sigue atrapado entre escuelas sin infraestructura, conflictos sindicales crónicos y reformas administrativas maquilladas como transformación pedagógica. El balón rueda. Pero debajo de la cancha siguen acumulándose las mismas grietas. El problema para el oficialismo no es que la CNTE boicotee el Mundial. El verdadero problema es que, detrás de las banderolas, las ceremonias y los patrocinadores, el país real siga recordando que la “transformación”también aprendió demasiado rápido las viejas artes del control político.

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