Por Daniela Clarisa Concha León
Hoy ha sido un día particular, tuve una consigna: dedicar una nota por el día de las madres. El primer pensamiento fuiste tú, poco me importó la historia, el consumismo o las demás madres del mundo. La primera estela en mi mente fuiste solamente tú.
Quise escurrirme de esa orden, dejar que los demás escribieran, porque simplemente me quedé en blanco, fui al sillón que está en la esquina de mi habitación y, en medio de la oscuridad, pensaba en cómo podría escribir de lo que siento, de ti, si no tengo cómo medirlo. ¿Cómo plasmar en 2000 caracteres nuestros pasajes de vida más significativos y regalarle al muchas un poco de lo más preciado para mí?
Pensaba que no podría hablar con certeza de mi madre, eterno enigma para mí, de la cual pretenciosamente creo conocer un poco más hace solo siete años. Y sin embargo un recuerdo golpeaba mi cabeza con la insistencia de un amable invitado.
¿Recuerdas cuando el dinero no era abundante en casa? Recuerdo cómo, a pesar de todo, te esforzaste por darnos grandes gustos, eras enemiga de que “nos quedáramos con el antojo” y así, bajo esa consigna, yo te veía ahorrar lo más que podías para que pudiéramos saborear ese pastelito helado tan famoso en aquellos tiempos.
Aún recuerdo cuando llegabas emocionada con dinero en mano a decirnos que fuéramos a la tienda para comprarlo y así nos servías un pedazo a tus tres hijos, nos incentivaste a ser compartidos. Hoy entiendo que no sólo fue dinero lo que nos dabas, fue tiempo, esfuerzo, entrega y una de tus tantas formas de decirnos que nos amabas.
Te confieso que la consigna fue difícil porque quedó al descubierto lo dura que he sido contigo pidiéndote cosas que, de cumplirlas, te volverían un Dios hecho a mi capricho y que todo este tiempo olvidé tu calidad de humano, un humano del cual estoy orgullosa y del cual sé que estoy lejos de ser. Tu forma de demostrar amor poco a poco se me devela. Sé que mientras más intento comprenderte, el tiempo me recuerda amargamente lo efímero.
Disculpa, madre, por no escribir en tono de una celebración, pero tú mejor que nadie sabes que navego con mayor fluidez en la melancolía y, sin embargo, eso no me impide amarte y darte las gracias por todo lo que eres y lo que has hecho por nosotros.
Te amo infinitamente, mamá.
*Esta colaboración es parte de la columna Lecturas para la vida.
