La Copa del Mundo todavía no comienza y México ya vive atrapado en esa vieja fiebre que convierte al futbol en religión civil, espectáculo de masas y negocio de élite. Faltan semanas para que rueden oficialmente los balones del Mundial de 2026, pero el país entero parece suspendido en una larga antesala de euforia: estadios renovados, campañas publicitarias desbordadas, marcas apropiándose del lenguaje popular y una industria que ha entendido que el balón no solo mueve pasiones, también mueve mercados multimillonarios.
Mientras las semifinales del Clausura 2026 enfrentan a Chivas, Cruz Azul, Pumas y Pachuca en una liguilla marcada por dramatismo, remontadas y estadios repletos, el futbol mexicano vuelve a exhibir esa dualidad permanente: por un lado, la emoción genuina de la grada; por el otro, la maquinaria económica que transforma cualquier sentimiento colectivo en mercancía.
Ahí es donde inevitablemente aparece Eduardo Galeano. En El fútbol a sol y sombra, el escritor uruguayo advertía que el futbol moderno había dejado de ser únicamente un juego para convertirse en una industria del espectáculo donde “la tecnocracia del deporte profesional” impone velocidad, consumo y rentabilidad sobre la fantasía. Galeano entendía algo que hoy resulta brutalmente evidente: el futbol contemporáneo ya no pertenece del todo a quienes lo aman.
México vive precisamente esa contradicción.
El Mundial 2026 llega envuelto en promesas de modernidad, turismo, inversiones y proyección internacional. Los gobiernos lo venden como una vitrina histórica; las televisoras, como un producto emocional de consumo masivo; las marcas, como el escaparate perfecto para convertir patriotismo en ventas. Incluso la cultura pop ya participa del negocio: artistas, influencers y celebridades son incorporados como embajadores de una narrativa donde todo debe ser futbolizable.
Pero debajo de la fiesta aparecen preguntas incómodas.
¿Qué queda del futbol popular cuando un boleto mundialista puede costar el salario mensual de una familia? ¿Qué ocurre cuando los barrios que históricamente alimentaron la pasión futbolera son desplazados por zonas VIP, hospitality y experiencias premium? ¿Qué pasa cuando el aficionado deja de ser hincha para convertirse en consumidor segmentado?
El sociólogo Pierre Bourdieu explicaba que el deporte también funciona como un espacio de reproducción simbólica del poder. No todos consumen futbol de la misma manera: hay quien lo vive desde un palco corporativo climatizado y quien lo escucha en una bocina improvisada afuera del estadio porque ya no puede pagar una entrada. El futbol, como la sociedad misma, también exhibe clases sociales.
Y sin embargo, el balón sigue teniendo algo profundamente humano.
En medio del ruido comercial todavía persisten momentos imposibles de fabricar: el niño que llora en la tribuna, el desconocido que abraza a otro tras un gol, la ciudad que se paraliza durante noventa minutos. El capitalismo podrá apropiarse de la transmisión, de los patrocinios y hasta de las camisetas, pero sigue sin poder controlar completamente la emoción colectiva.
Quizá por eso el futbol sobrevive.
Porque incluso convertido en negocio global, aún conserva destellos de barrio, memoria y pertenencia. Galeano lo sabía: el futbol puede ser secuestrado por el dinero, pero nunca del todo domesticado. Cada partido importante sigue funcionando como un espejo brutal de la sociedad que lo juega y lo consume.
Y México, rumbo al Mundial de 2026, parece mirarse precisamente ahí: entre el espectáculo monumental y la nostalgia del futbol que alguna vez se jugó únicamente por alegría.
