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"Tomen mi yugo sobre ustedes y aprendan de mí"

Ilustración del profeta Zacarías anunciando la llegada del Mesías, quien es descrito como un rey humilde y portador de paz para la humanidad.
Foto(s): Cortesía
Redacción

Domingo XIV del Tiempo Ordinario, 05 de julio de 2026 [Se suprime la Memoria de San Antonio María Zacaría, Presbítero] MR p. 426 [424] / Lecc. II p. 27. LH Semana II del Salterio. Zac 9, 9-10; Rom 8, 9 y 11-13; Mt 11, 25-30.

En la primera lectura Zacarías anima y exhorta al pueblo de Israel, durante la época de la reconstrucción del Templo, después del destierro (518 a.C.). Los versos de hoy son un anuncio mesiánico, Zacarías anuncia que el Rey será humilde y pacífico, montado en un burrito; que vendrá proclamando la paz y no la guerra. Propiamente en la conmemoración de la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén, que realizamos cada año en la Procesión de Ramos, estamos conmemorando la consumación de esta profecía.

En la segunda lectura, San Pablo nos dice que nosotros, como creyentes ya no debemos poner nuestra seguridad en las cosas materiales, que sólo nos alcanzan el poder, el tener o una alegría efímera; nosotros en quien debemos poner nuestra total confianza es únicamente en Dios, quien nos da la vida eterna, con quien podemos hablar con la misma intimidad y confianza que lo haríamos con el mejor de nuestros amigos, quien nos acompañará siempre y nunca nos dejará solos, ni desamparados.

En el Evangelio de hoy, tomado de San Mateo, capítulo 11, versículos del 25 al 30; el evangelista nos revela la paternidad divina, una filiación que nos viene a través de Jesús; Dios es Padre de Jesucristo y, a través de Él, es Padre de todos los creyentes. Esta es la predicación central de Jesús, en la paternidad divina podemos resumir la relación amorosa de Dios con los hombres; en mis palabras, te diría que "es el epicentro de fuerza amorosa de Dios hacia cada uno de nosotros". 

El misterio del Reino de Dios no es accesible a los que endiosan la razón humana; Jesús da gracias a Dios por los sencillos que aceptan con humildad el plan de Dios. La autosuficiencia será el mayor obstáculo para creer en el Enviado de Dios; pues nadie puede darnos a conocer a Dios Padre, sólo Aquél que ha vivido íntimamente con Él toda la eternidad. 

Finalmente, nos habla de su yugo suave. Se trata del yugo del amor, que libremente debemos aceptar y comprender con la ayuda del Espíritu Santo; un yugo que hará nuestras relaciones más humanas, más amorosas; y sobre todo, un yugo que nos abrirá la puerta de la vida eterna.

"Tres palabras para recordar y meditar esta semana"Espíritu de Dios: Es el Espíritu Santo; es Dios, Señor y dador de vida, fuente inagotable de la vida divina en nosotros. Es el Agua viva que Jesús prometió a la Samaritana para saciar por siempre la sed, para saciar los anhelos más profundos y más elevados de nuestro corazón. El Espíritu Santo, que procede del Padre y del Hijo ha sido derramado en nuestro corazón por Jesús, para hacernos hijos de Dios, para que nuestra vida sea guiada, animada y alimentada por Él. Un cristiano es un hombre espiritual, en cuanto sigue el influjo del Espíritu Santo en su vida.Yugo: La imagen del yugo perteneció, principalmente, a la figura del amo y su esclavo; después se aplicó al maestro y su discípulo. En este segundo sentido es como se entendía en la época de Jesús, como la sumisión y obediencia del discípulo a su maestro; pues cada maestro imponía un yugo a sus discípulos, es decir, unas exigencias. ¿Cuáles son las exigencias de Jesús? Él mismo nos dijo que "no bastará con decirle Señor, Señor para entrar en el Reino de los Cielos; más bien entrará el que hace la voluntad de su Padre del Cielo" (Mt. 7, 21).Manso y humilde de Corazón: Ser mansos y humildes significa reconocer nuestra necesidad del poder y la ayuda de nuestro Dios (Mateo 11, 28-29). Significa que, ante una necesidad, un problema, no caeremos en la soberbia de creernos autosuficientes, sino que con sencillez y fe acudiremos a Dios. Significa ordenar nuestra vida poniendo en primer lugar a Dios. Tiene también que ver con la docilidad y la humildad con la que, reconociéndonos imperfectos y pecadores, acudimos al Sacramento de la Reconciliación; y asimismo disculpamos las ofensas de los demás y pedimos disculpas por las ofensas cometidas. 
 

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