A la muerte de Don José Antonio Ibáñez de Corbera, le sucedió en el gobierno eclesiástico de Oaxaca, Don Antonio Bergosa y Jordán, que como señala el compendio realizado por el historiador Carlos Sánchez Silva, desde la perspectiva oaxaqueña, la figura de ese obispo se guarda en la memoria de forma muy negativa.
En el capítulo dos del libro "La Guerra de la Independencia en Oaxaca, Nuevas perspectivas", que integran 10 ensayos de académicos e historiadores del tema, el investigador Manuel Esparza hace una aportación denominada La Iglesia de Oaxaca en tiempos de la Independencia: El obispo Bergosa y Jordán.
En él, refiere que al inquisidor de la Nueva España, como se le calificó al prelado, se le conoció más por su rechazo a los insurgentes manifiesto en sus misivas, que por adoctrinar con ellas.
Otros investigadores lo consideran uno de los peores personajes que tuvo Oaxaca al frente de la Iglesia, por el saqueo a los pueblos indígenas y su ofensivo odio hacia el general José María Morelos y Pavón.
"Jugó el papel que le tocaba"
En la historia de la Independencia, como en todas las que se tejen en torno a la construcción de México, existe una serie de visiones respecto al rol que desempeñan los personajes que se distinguen en ella.
La del académico Carlos Sánchez Silva, respecto al obispo, tiene un matiz distinto, pues a su juicio, el patriarca de la Iglesia Bergosa y Jordán, "solo hacía lo que le correspondía".
“Más que un cruel personaje, jugó el papel político que le tocaba como el obispo en Oaxaca. Llegó en un momento muy complicado de la Intendencia (administración o gobierno de aquella época) y básicamente lo que él hizo es respaldar el régimen que seguía la corona española”, comenta el historiador.
Agregó que el personaje no seguía una sola línea política, sino que en un principio, se movía de acuerdo a la coyuntura del momento marcado por el dominio español.
“El obispo llega en un momento en que en Oaxaca hay un cambio de la política española, que afectaba los intereses de algunos personajes que hasta entonces controlaban la Intendencia de Oaxaca; me refiero a los grandes comerciantes que exportaban a Europa la grana, algodón y manta”, indica.
Riqueza comercial y económica
En aquel entonces, la entidad era muy importante en materia comercial y económica, pues era la única productora de grana cochinilla que después de la plata era altamente codiciada para los españoles y criollos que la exportaban.
De vuelta al ensayo de Manuel Esparza, Bergosa no es importante por su papel en la conducción política de su jurisdicción; es un saqueador que se dedicó a extraer grandes cantidades de dinero para las guerras de la Corona contra portugueses, ingleses y franceses, aportaciones en las que hasta los indígenas tuvieron que contribuir.
El menosprecio del sacerdote hacia los indígenas era evidente y su objetivo, contar con privilegios y exaltar su egocentrismo.
“El regalismo de Bergosa explicaría muchos de sus desatinos y lo descubriría como un oportunista interesado en su propio engrandecimiento. No es exacto que por amor a sus fieles no haya dejado la diócesis de Oaxaca para ir a México, donde había sido nombrado por la regencia Arzobispo; no se iba porque no le pareció suficiente el dinero que recibiría”, expone Esparza.
Y en ese sentido, Carlos Sánchez SIlva comenta que al ser obispo de Oaxaca, el personaje que nos ocupa buscó apoyar la recuperación del antiguo sistema de explotación a las poblaciones indígenas por parte de los comerciantes que se asentaban en Europa.
La red de espionaje
Los curas y comerciantes ubicados en diferentes comunidades, hacían las veces de espías para el sacerdote; a través de ellos sabía quiénes apoyaban la insurgencia y estaban en contra del sometimiento de la Nueva España, afirma Sánchez Silva.
La información referente a esas prácticas es poca; sin embargo, se sabe que la red de comunicación permitió a Bergosa conocer la situación de rebeldía en el estado.
Huye de Oaxaca y se convierte en arzobispo de la Nueva España, Antonio de Bergosa y Jordán, a la llegada de Morelos, a quien quita el fuero eclesiástico previo a su fusilamiento, por el que el inquisidor quedaría complacido cuando supo que su enemigo fue puesto de rodillas y fusilado por la espalda.
