EL CIRUELO, Pinotepa Nacional, Oaxaca.- De negro y adelgazado cuerpo que cubre con ropas raídas, Guadalupe Candela Choras -quien atribuye a Dios estar viva a pesar de su problema de hidrocefalia- cierra los ojos y se lleva las manos al estómago.
La afromexicana, de 44 años de edad, reacciona así al dolor que le produce el hambre de la mañana y del día anterior. Mareada y con dolor de cabeza, intercambia miradas con sus pequeños hijos que, como ella, durmieron y despertaron con el estómago vacío.
Pobreza extrema
Dramática situación de pobreza azota a familias afromexicanas en El Ciruelo, perteneciente a Pinotepa Nacional. FOTO: Mario Jiménez
En su deplorable vivienda a base de varas, madera y láminas petrolizadas, carente de electricidad y agua, Andrés y Francisco, de 8 y 11 años de edad, respectivamente, aguardan con ilusión el regreso de su padre Gregorio Díaz Prudente, quien, arrastrando las dolencias de sus piernas por una reciente caída, salió al amanecer para limpiar el terreno de un vecino.
No hay comida en casa y la esperanza es que el jefe de la familia retorne en cualquier momento, por lo menos con una moneda de diez pesos para comprar pan.
La angustia de esta familia es la misma de miles de afromexicanos de la Costa oaxaqueña que desde la conquista española no ven llegar el desarrollo.
Sin servicios básicos
Afromexicanos: ayer, esclavos de los españoles; hoy, de la pobreza y marginación. FOTO: Mario Jiménez
Esta rezagada comunidad de dos mil 700 habitantes, se localiza a 20 kilómetros de la línea limítrofe con el estado de Guerrero. Carece prácticamente de todos los servicios básicos.
Carecen de servicios de salud, de red de drenaje sanitario. Su índice de analfabetismo es uno de los más elevados. Guadalupe Candela Choras y su esposo Gregorio Díaz Prudente de 56 años, son dos de los 375 analfabetos que viven en pobreza y marginación en esta comunidad costeña distante a 375 kilómetros de la ciudad de Oaxaca.
La afrodescendiente Guadalupe Candela, es una mujer de pocas palabras. Pocas veces habla con extraños.
No obstante, explica que su madre Vitelia Choras, quien se encuentra postrada por tener adormecido la mitad de su cuerpo, le cuenta que "desde niña tengo un problema de salud que se llama hidrocefalia".
Agrega que "mi madre, también analfabeta, me cuenta que me llevó con un médico del hospital de Pinotepa ( la cabecera ) y le dijo que a los 15 años me iba a morir. Me dijo que se puso muy triste y lloró mucho por esa mala noticia".
La familia habita prácticamente a la intemperie. Su pequeña vivienda se está cayendo. Las láminas del techo están agujereadas y cuando llueve se inunda su casa. Las paredes están hechas con venas de palma de coco en las que se filtra el viento y el polvo. La casa no ofrece ninguna protección.
Una pequeña hornilla de barro usa para calentar y preparar sus alimentos, regularmente café y frijoles.
Enfermos y sin comida
Se duermen y se levantan con el estómago vacío. FOTO: Mario Jiménez
"Me gano el sustento lavando ropa ajena y como trabajadora doméstica en casas de mis vecinos. Me dan a cambio 20 o 30 pesos que ocupo para comprar pan y tortillas. Cuando no me ocupan, nos quedamos sin comer", agrega.
"Mi esposo está enfermo. Trabajando se cayó de un árbol y sufrió fracturas. Vestimos la ropa que nos regalan algunas familias". Sobre tabicones colocaron tablas y varas para dos viejos colchones que también les regalaron.
Francisco Díaz Choras tiene 11 años y regularmente asiste con el estómago vacío a la escuela primaria "Niño Proletario" en el turno vespertino. Su hermano Andrés, de 8 años, asiste al mismo plantel donde cursa el tercer año.
Guadalupe explica que el predio donde viven fue comprado por su padre Francisco Candela, originario de Santo Domingo Armenta. "No lo conocí porque estaba muy pequeña cuando falleció", dice.
El dolor del hambre
Para Guadalupe Candela, es día de fiesta cuando hay café en casa. FOTO: Mario Jiménez Leyva
Expone que sus dolores de cabeza son frecuentes, "pero son más fuertes cuando tengo hambre. Algunas veces la falta de alimentos me ocasiona desmayos. Trato de sobreponerme para no asustar a mis niños", añade.
Lo único seguro de su vivienda es el piso de cemento. No recuerda quién la incluyó en el programa federal de piso firme.
Para la madre de familia, cada amanecer es muy triste para todos porque no hay alimento en casa. Los fines de semana acuden los cuatro a un templo cristiano. "La oración también es alimento para el alma", dice el afromexicano Gregorio Díaz Prudente.
