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Enemigo mío

Un grupo de aficionados mexicanos en la noche, lanzando fuegos artificiales y pirotecnia al hotel donde se hospeda la selección de Inglaterra.
Foto(s): Cortesía
Redacción

En el plano del ideal, el fútbol, se concibe como un ritual moderno que pondera altos valores fraternales. Es una puesta en escena donde dos bandos miden sus fuerzas bajo un marco de estricta igualdad y respeto mutuo. Cuando el árbitro silba el final, los jugadores intercambian camisetas, se dan la mano y reconocen el valor del otro. Así, claro, es como sucede en los comerciales de la FIFA.

De vuelta a la realidad, en México, la fiesta del mundial de Fútbol ha encendido las calles, las pantallas y los corazones de millones de aficionados y de otros que no lo son tanto, pero no son indiferentes al hecho de que “su país” se juegue la permanencia en el torneo. Ser anfitriones de una justa de esta magnitud no es algo nuevo; sin embargo, la efervescencia colectiva también está mostrando una faceta que dista mucho de la calidez y hospitalidad que históricamente nos ha caracterizado como mexicanos.

En las últimas semanas, hemos sido testigos de cómo algunos sectores de la hinchada están llevando la rivalidad deportiva a extremos inéditos: fuera de los hoteles de concentraciónllevan mariachis, lanzan pirotecnia a altas horas de la madrugada y arman un carnaval artificial para sabotear el descanso del equipo contrario. Escudándose en el anonimato de la masa, las redes sociales se inundan de insultos de corte geopolítico, reclamos históricos y descalificaciones extradeportivas que no vienen al caso.

Una publicación de Facebook dice a la letra: “En el futbol y en la guerra todo se vale”, y sí, de inmediato nos remitimos a aquel momento en que las diferencias se dirimían violentamente y que tras miles de años el hombre tuvo que aprender a gestionar su agresividad de forma diferente para dar paso a la civilización.

Aun así, dado que no es posible suprimir de tajo el impulso primario de agredir, aparecieron distintas actividades deportivas como sucedáneos de la guerra, entre ellos el futbol; que, por otro lado, registra una de las génesis más violentas. En distintas modalidades de protofutbol, solían enfrentarse aldeas enteras por la posesión de un balón y apenas se disimulaba la agresividad, no era extraño que alguno de los jugadores llevara consigo un arma blanca o que, tras el partido, se diera una batalla campal que rara vez terminaba con saldo blanco.

Sin embargo, el tiempo ha pasado y las reglas han cambiado. Un equipo rival no es unenemigo a destruir, sino apenas un contrincante necesario, además de un rival en la cancha, en el caso nuestro, ese equipo es también nuestro huésped y sin él, simplemente no podríamos jugar. Es el espejo que nos exige ser mejores y nos obliga a pulir la estrategia. La calidad del equipo contrario le da valor a nuestra victoria o dignidad a nuestra derrota. Maltratar al huésped usando argumentos que nada tienen que ver con el balón, perturbar su descanso o abuchear a su himno nacional, habla de nuestra propia fragilidad emocional colectiva y es un claro eco de que no hemos superado del todo nuestra primitiva barbarie.

 

 

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