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MISCELÁNEA: De Guelatao a la gloria perenne

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Foto(s): Cortesía
Redacción

Leonardo Pino

La noche del jueves 18 de julio de 1872, a las 11:25 PM, un silencio estremecedor invadió el edificio solariego de Palacio Nacional. El estupor generalizado fue interrumpido por sollozos intermitentes; el dolor y llanto sobrecogió a los habitantes de la Ciudad de México.

Había muerto el Presidente de la Nación, el Benemérito Benito Juárez García, a los 66 años de edad, afectado por una angina de pecho que culminó en un paro cardiaco fulminante.

En sus sobrias habitaciones del ala norte de Palacio, asistido por su colaborador y amigo, el oaxaqueño Camilo Hernández, y su médico de cabecera, el doctor juarista Ignacio Alvarado, dejó este suelo, quien, en el año 1867, había liderado la segunda independencia de la Patria.

Había muerto el humilde serrano que viajó desde Nueva Orléans, Estados Unidos de América, al puerto de Acapulco donde se fraguaba la Revolución de Ayutla. Al llegar a destino don Benito contacta a Diego, hijo del general Juan Álvarez, con quien se presenta: “Sabiendo que aquí se peleaba por la libertad, he venido a ver en qué puedo ser útil”. 

Al conocer al general Álvarez, fue recibido como cualquier recluta. Cuando se enteran que el forastero sabe leer, le encargan trabajos de escritorio. Nadie sospechó la importancia del silencioso paisano, hasta que llega una carta de Melchor Ocampo dirigida al “licenciado Benito Juárez García”. Recién se percataron de quién tenían delante suyo. 

-¿Es Usted licenciado?- preguntó el general Álvarez.

-Sí señor. 

-¿Usted es el que fue gobernador de Oaxaca? 

-Sí señor.

Y, muy avergonzado, le preguntó:

-¿Por qué no me había usted dicho esto?

-¡Para qué, general! ¿Qué tiene eso de particular?

Con esa enorme humildad, que lo acompañó toda su vida privada y pública, exhaló su último suspiro, después de pedirle a Camilo Hernández que apretara con su mano el lugar del pecho donde sentía un gran dolor. Se recostó en el lado izquierdo de su cama y no volvió a hacer movimiento alguno. Ya había partido a la eternidad, a la gloria que la Patria le tenía reservada para siempre.

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