Sofía Gabina Márquez Rosas
Yo soy Mica y soy partera; aprendí de mi abuelita, quien también aprendió de su Nanotzin, a recibir a los chamaquitos que Diosito les manda a los que viven por aquí; Xóchitl es mi'ja de 16 años y me ayuda a cuidarlos; ella, igual que yo, aprenderá lo que las nanitas nos enseñaron.
Cuando un chiquito nace, yo lo baño con agua del río, porque es pura y fresca, y espero las gotas de lluvia que vienen del cielo; con ellas limpio sus ojitos, para que lo primero que vean sean estrellas.
Envuelvo al niño en un pedazo de franela y lo entrego a su mamá para que le dé lechita de su pecho y lo calme; así he vivido por más de 70 años en mi querido Tzicuilan, rodeada de flores de café, de víboras de coral, y de pesmas gigantes que son amigas mías y me ayudan a cuidar a mi gente. Ellas me contaron que el mal ronda por el pueblo de Pahpatapan; escucharon a los tordos, los muy platicones dicen que Amparito y sus hermanitos se enfermaron; también don Pedro y doña Petrita que siempre les daban semillas de girasol, ya no están.
Preocupada, le pedí a Miguelito, el gato marrullero, que fuera al pueblo a investigar lo que está pasando y después de dos días de larga espera llegó el muy ingrato a contarme; el pobre, todo flaco y descolorido no encontró a nadie en las veredas, no hay agua, no hay pollos, sólo alcanzó a engullir a una lagartija que corría por allí; vio a los hombres pálidos, sin ganas de trabajar, sudorosos, calientes, tirados en el piso, apenas pueden respirar.
Las mujeres no muelen la masa, no echan tortilla, los niños chillan y chillan porque no hay escuela, no hay que hacer, traen la boca tapada; no pueden jugar. Miguelito escuchó decir a la rata Simona, quien vive en las afueras, que hay algo en el aire que está acabando con todos.
-¿Es verdad lo que me cuentas? -pregunté asustada a Miguelito, que de cansancio se quedó dormido bajo los rayos del sol.
Continuará el próximo lunes...
