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Lecturas para la Vida: La puerta y el guardián

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Foto(s): Cortesía
Redacción

Rafael Alfonso

El hombre había estado allí durante años, inmóvil, firme, como una estatua. No había una señal, ni un letrero que indicara nada, sólo una enorme puerta, de madera oscura adornada con un picaporte oxidado, pero aquella puerta parecía ser toda su razón de ser. Nadie sabía qué había detrás de ella, ni siquiera él mismo. Pero eso no importaba.

De cuando en cuando, la gente pasaba por ahí mirándolo con curiosidad. Algunos se detenían a preguntarle por qué estaba allí y qué esperaba. ¿Qué significaba guardar esta puerta? ¿Era un acto de fe o de desesperanza?

Él no respondía, simplemente los miraba con ojos vacíos.

Un día, llegó un hombre vestido de negro, con un sombrero que ocultaba su rostro. Se detuvo frente a la puerta y la observó por largo rato. Luego, se volvió hacia el guardián y le preguntó: 

—¿Qué hay detrás de esa puerta?— el guardián suspiró.

—No lo sé— respondió. —Nadie lo sabe.

El hombre de negro esbozó una sonrisa que no llegaba a sus ojos. 

—¿Crees que hay algo detrás?— preguntó el hombre.

El guardián se quedó en silencio.

—¿Y si no hubiera nada?—insistió.

El guardián se encogió de hombros.

—Entonces, ¿por qué la guardas?

—Alguien tiene que hacerlo— respondió finalmente.

El hombre de negro asintió y se alejó sin decir otra palabra.

El hombre se fue, pero el guardián permaneció. La lluvia cayó sobre él, el sol lo quemó, el viento lo azotó,  pero nada hizo que éste se moviera de su puesto.

De cuando en cuando algunos niños se acercaban mirándolo con miedo y fascinación. Había también personas que se sentaban a su lado y hablaban largamente, al fin que el guardián nunca respondía y a todo lo que se le contara permanecía impasible. Su silencio le hacía parecer dueño de una sabiduría trascendental.

—He vivido toda mi vida en esta ciudad y nunca había conocido a un iluminado como tú —alcanzó a decir un anciano antes de irse para siempre. 

El guardián lo miró, sin expresión. El anciano se fue, pero el hombre permaneció.

Los años pasaron. La ciudad cambió, así como la gente, pero el hombre siguió allí, guardando la puerta.

Un día, un joven se detuvo frente a él. 

—¿Puedo pasar?—, preguntó, y como respuesta sólo obtuvo el silencio.

El joven se percató entonces de que el guardián había muerto de pie y así había permanecido durante años, inmóvil.

Tras conocer la noticia, los habitantes del pueblo decidieran abrir la puerta y ver qué había detrás de ella.

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