Filiberto Santiago Rodríguez
En aquellos días, me preguntaba por qué dejaban entrar a un niño al palenque, y me decía que, sin duda, era mi naturaleza enclenque la que me ayudaba a pasar desapercibido ante ese mundo de hombres rudos, ansiosos de sangre y pelea.
Las apuestas corrían. Los amarradores se aseguraban de que las navajas tuvieran suficiente filo para dañar al oponente. Los soltadores estaban atentos al gallo contrincante, a su propio gallo, al juez de la pelea y, sobre todo, al momento preciso para soltar al animal.
Entonces, los mariachis comenzaban a tocar, con sus trajes negros, botonaduras plateadas y anchos sombreros. La voz varonil entonaba: “Linda la pelea de gallos con el público bravero/ con sus chorros de dinero y los gritos del gritón/ retozándonos el gusto no se sienten ni las horas/con tequila y cantadoras que son puro corazón”.
La respiración y la circulación de la sangre se aceleraban en todos los cuerpos al escuchar el clásico grito de “¡Cierren las puertas señores!” para luego anunciar la pelea de compromiso. Y ahí estaban los gallos, luchando por su vida, con la navaja pegada a sus patas buscando la yugular que los conduciría a la victoria.
Desde muy pequeño, mi existencia estuvo repleta de peleas de gallos con olor a sangre, de música ranchera, de botas de charro, de mujeres jóvenes con sus listones de colores adornando sus cabellos.
Siempre había tenido la fortuna de evadir la vigilancia de mi padre, pero esa noche, con la golpiza que recibí, mi suerte se acabó, ya que mis padres me llevaron al seminario y me dejaron bajo la tutela del Señor.
Mientras estudié para cura, traté de olvidarme de los gallos, pero no pude. Empecé a escribir pasajes bíblicos, ilustrados con escenas de peleas de gallos. Llegué a tener una biblia decorada con pequeñísimos gallos de diferentes colores. Casi no se notaban y pasó desapercibida para nuestros guías espirituales.
Cuando estaba a solas tarareaba canciones rancheras alusivas a mi afición. Confieso que hacía penitencias para olvidar esa vida y concentrarme en el sendero donde me encontraba, pero todo fue en vano.
Sin embargo, ahora que tengo mi parroquia, me llaman "el padre Rafa". No me molesta oficiar la misa y rociarles agua a los niños que llegan con su ropón. Lo que no soporto es el nombre: "Padre Rafita", para acá. "Padre Rafita", para allá. ¡No! Yo soy Don Rafael. Rafael, El Gallero.
En la intimidad de la sacristía, arrojo la sotana a la cama y con cuidado saco mi traje de charro con botonaduras de plata, que me compré con las limosnas generosas de los fieles. Me miro al espejo y sonrío al ver lo bien que me queda. Siempre debí ser gallero, como Don Lorenzo Benavides. “Una más” digo, y me coloco el sombrero. Tal vez este traje me lleve al infierno, pero el que lo porta no es el padre Rafita, él se quedó allá, en la sacristía. Total, ver una pelea de gallos de vez en cuando no debería ser pecado, cuando menos para los ministros de Dios.
Semblanza
Nacido en el pueblo de San Andrés Andúa, una pequeña población del distrito de Nochixtlán, Filiberto Santiago Rodríguez ha combinado su formación en Ingeniería Eléctrica y Agronómica con una destacada faceta literaria. Como integrante del colectivo Los Denarios, ha publicado en el periódico NOTICIAS cerca de 40 textos, entre relatos y cuentos; así como una antología del colectivo antes mencionado. Actualmente, trabaja en su libro "Estrellas fugaces en el cielo", de próxima aparición.
