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Andador de Letras: Pelea de gallos | Primera de dos partes

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Foto(s): Cortesía
Redacción

Filiberto Santiago Rodríguez

Como todos los días, las clases terminaron a las dos de la tarde. Al caminar por la calle pedregosa, y aún con la emoción brincando en mi cuerpo, pensé en mi padre. Debía estar plantado en la mitad de la sala, con su cara seca, sin sangre, sin sonrisas. Sus dedos estúpidos y ásperos sostendrían la binza, lista para cortar el aire y golpear mi espalda, clamando la intersección divina para que retome el buen camino. Quizás detrás de él, se encontraría mi madre, para detener el castigo de su hijo.

Era difícil que mi hora de llegada pasara desapercibida, pues caían las primeras sombras de la noche. Los cantos de los grillos empezaban a murmurar secretos que se enredaban en las sombras de la noche. En ese momento, mis manos acariciaron la bolsa repleta de libros y cuadernos, donde un gallo de pelea, en un dibujo, escondía mis sueños. Las piernas, temblorosas como gelatinas, se estremecieron ante el miedo de entrar a la casa. Empujé la puerta con cuidado para que no hiciera ruido, pero las malditas bisagras anunciaron mi presencia con chillidos estridentes. Al instante s escuchó una voz de trueno.

─¡Rafael! ¿sabes qué horas son?─ La voz era severa y los pliegues de su frente se

encontraban anudados por el coraje.

─Estaba en la biblioteca estudiando─ dije con voz firme, pero cargada de miedo.

─¿Crees que un mocoso como tú me va a engañar? ─La binza saltó al cielo y cayó

en mi espalda tan rápido que no tuve tiempo para esquivarla.

En los últimos dos años no he reprobado ninguna materia, pero también es cierto que mis calificaciones se niegan a cruzar el límite del siete. El dolor que recorría mi cuerpo me llevó a una dimensión desconocida donde todo era rojo, todo palpitaba en forma desenfrenada.

─¡Sí, es cierto!─ gemí, y reuniendo valor agregué─ quiero ser gallero.

¡Zas, una vez! ¡Zas, otra vez! ¡Zas, muchas veces! Dolor, coraje, lágrimas.

─¿¡Gallero!? Serás cura, como habíamos quedado.

La espalda sudó sangre. La camisa antes blanca cambió de color. La piel adormecida recibió las caricias del suelo frío. Allí tirado, alcancé a murmurar las palabras que ya no escuchó mi padre:

─Ser gallero es lo que me haría feliz.

En aquel pueblo donde vivíamos, había un enorme molino. Sus dientes de piedra mordían los pequeños granos de trigo, para convertirlos en harina. Los viernes, a las dos de la tarde, la fábrica cerraba sus puertas. Las máquinas detenían su marcha y los obreros se tomaban la tarde libre. En el segundo patio se escondía un palenque. Su anillo, el redondel donde peleaban los gallos, tenía unos ocho metros de diámetro. Para los asistentes, había una estructura metálica circular, sobre la cual colocaban tablas rústicas de madera.

Saliendo de la escuela, sin dudarlo, corría hacia la harinera. Nunca me importaron las reprimendas, ni la angustia que causaba a mis padres por desconocer mi paradero, aunque nunca les creí que no supieran donde andaba.

Continuará el próximo sábado…


Semblanza

Filiberto Santiago Rodríguez nació en San Andrés Andúa, una pequeña población del distrito de Nochixtlán. Es ingeniero electricista e ingeniero agrónomo. Como integrante del colectivo Los Denarios, ha publicado en el periódico NOTICIAS cerca de 40 textos, entre relatos y cuentos; así como una antología del colectivo antes mencionado. Actualmente, trabaja en su libro Estrellas fugaces en el cielo, de próxima aparición.

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