Kurt Hackbarth / Dibujo: Gabriela Martínez
El hombre era argentino, obviamente. El voseo y el sheísmo florecían en campos de vocales alargadas cuando charlaba con sus compañeros del taller a la entrada y a la salida. Durante las sesiones, en cambio, nuestro huésped misterioso era cashadito, cashadito. No se sentaba a la mesa sino frente a mí en el banco que flanqueaba la pared, lo cual me brindaba una amplia oportunidad de observarlo. De complexión robusta, tenía unos ojos negros e intensos, la nariz redonda y la boca rodeada por una barba de candado igual de cana que su cabello, el cual peinaba con cuidado hacia atrás.
El taller se reunía los sábados por la mañana y en cada sesión dedicábamos una parte del tiempo a ejercicios de escritura creativa y otra parte al análisis de un cuento corto. En cuanto proyecté el texto del día en la pantalla –“Perfumada noche” de Haroldo Conti– el desconocido se irguió en el banco tan abruptamente que le dio un codazo a la chica sentada a su lado.
¡Perfecto!, pensé: “este cuento es para usted, señor. Con un autor de su país y generación, quizás podamos convencerle de compartir algo con nosotros”. Plan con maña, sí, pero los maestros tenemos todo un arsenal de ardides como éste.
El cuento trata de un tal Pelice, el mejor cohetero de la zona, quien, al ver a la señorita Haydée Lombardi en la puerta de su casa “en la calle Saavedra, al lado de la confitería Renacimiento, que está en la esquina de Pueyrredón y Saavedra”, se enamora de ella al instante.
Con la ayuda de un manual llamado "Corresponsal de amor", el cohetero decide escribirle una carta, que mete en un sobre perfumado. Pero en lugar de entregar ésa y las muchas otras cartas que la suceden, las embute en sus cohetes y las esparce como confeti por los techos del pueblo.
Sigue pasando frente a su casa todos los días, quitándose el panamá y recibiendo a cambio una inclinación de la cabeza y una casi sonrisa, aunque nunca cruzan palabra. Cuando Haydée fallece a temprana edad de tabardillo, Pelice se encierra en casa, saliendo sólo una vez al año para depositar un sobre perfumado en su nicho. Hacia el final de la sesión, alguien preguntó:
—¿Y quién es Conti, profe? ¿Vive todavía?
Hablé de su juventud en la pequeña ciudad de Chacabuco, escenario para tantos de sus cuentos (como éste); su amplia variedad de trabajos entre carpintero, camionero, piloto y marinero que informan sus novelas; sus fuertes lazos con el río Paraná; y –último y trágico capítulo– su desaparición por la dictadura de Jorge Videla en mayo de 1976, ni dos meses después del golpe de estado que derrocó a Isabel Perón.
—¡NO FUE ASÍ!
El desconocido se había puesto de pie como un abogado inconforme. Todos, por supuesto, se dieron la vuelta para mirarlo.
—Por favor —insistí—. Si usted sabe algo, agradeceríamos mucho que nos lo compartiera.
Varias voces del grupo hicieron eco a mi solicitud. El argentino titubeaba visiblemente.
—Lo que quería decir —dijo, hablando lento y pausadamente—, es que la palabra “desaparición” es un eufemismo que no describe lo que pasó ni en este caso, ni en ningún otro. A Haroldo lo secuestraron, lo torturaron y lo asesinaron. El humo desaparece en el viento. La nieve desaparece cuando sale el sol. Un ser humano agoniza y muere y tarda en hacerlo.
—Entiendo —dije. Genial tu ardid, maestro—. Creo que hemos llegado a un buen punto de cierre para hoy.
Mientras los participantes salían, más silenciosos que de costumbre, di una apresurada vuelta a la mesa.
—Oiga, perdón por haberlo incomodado —dije—. No fue mi intención.
—No tenés por qué disculparte. —El hombre daba vueltas al sombrero con una mano—. Si alguien debe una disculpa, soy yo. No tuve por qué berrear así.
—Está bien. Un susto ocasional no hace mal.
—Creo que la vida va proporcionando sustos suficientes.
—Bueno, eso sí.
Hubo una pausa. Sigilosamente, los técnicos entraron para guardar el cañón y la pantalla. Por el pasillo caminó el poli hacia su puesto en la entrada.
—Soy Kurt —le dije, ofreciéndole una mano.
—Héctor Fabiani, a tus órdenes. —La agarró con firmeza—. Mis amigos me decían Chiche.
—¿Le decían?
—Bueno, como habrás adivinado, no soy de acá.
—Ni usted, ni yo.
—Entonces, vos también dejaste atrás un apodo.
—Efectivamente.
—Un apodo y una historia.
—También.
(Continuará el sábado…)
Semblanza
Kurt Hackbarth. Escritor, dramaturgo y periodista nacido en Connecticut, Estados Unidos, naturalizado mexicano desde 2007, reside en Oaxaca. Este cuento forma parte de su libro "Viaje a Monpratior".
