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Andador de Letras: La oscurana (fragmento)

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Foto(s): Cortesía
Redacción

Cuauhtémoc Peña Vásquez

Camino a tontas por el adoquinado; la gente ya empieza a buscar los bares y los comercios a lo largo de la calle más antigua del puerto y también la más concurrida por su cercanía a la playa. 

Algunas nubes cubren el sol que ya declina. Se me ocurre no esperar la noche para tomar el autobús a Villavieja, aunque luego me digo que no me gustaría llegar de madrugada. Puedo estirar el tiempo yendo a mojarme los pies en las olas, acaso sea la última vez que esté en Escondida.

Me quito las alpargatas y bajo a la playa por una vereda seca; lo primero que me pasa es espinarme los pies descalzos. El mar se mira lindo, azulenco hasta lo lejos. Siento ganas de encaramarme al cercano Farallón del Pirata, de divisar el mar por encima; camino y estoy en su asiento rocoso. Los cangrejos se tiran al agua al verme. Subo con dificultad, sofocado y sudoroso, ya en lo alto alcanzo a mirar el sol zambullirse.

De ahí también descubro el caserón donde imagino a Narda dormida, igual que vi tantas veces a Celeste, con las manos entre las piernas (“acurrucada como un cuaño”, decía ella), siempre collona de estirar la mano y no encontrarme. Me repito que estoy triste y frustrado por este viaje, me hubiera encantado verla o siquiera saber de su vida. 

Tantos sentimientos me vienen cuando el mar se traga el sol. Más arriba encuentro un altarcito dedicado a los pescadores muertos: unas casitas con unas cruces zurradas de pájaros, veladoras escurridas y manojos de flores secas. Descanso en un picacho, no hay nada que no se aviste desde esa punta.

“Yo te brindo mi cariño, yo te brindo mi cariño y no lo quieres aceptar, pero cuando yo me vaya no me vengas a buscar... No me busques no, no me busques, cuando yo me vaya no me busques…”, se escucha un tocadiscos cercano.

Oscurece y sale la luna. Recuerdo aquellas noches que dormí con Celeste ahí, en Escondida, cuando le propuse irnos a vivir a Villavieja, y en mis intentos por hallarla después. Y así me quedé solo nuevamente, sin su canto y sin su baile, sin su oscurana. ¡Qué vida tan pinche! Pienso que ya es hora de ir a la terminal de autobuses.

Apenas trato de bajar y se me clava un dolor en el pie, un ardor; un grandísimo cangrejo me hinca, lo pateo y se va a la chingada, se despedaza en las piedras, pero me sigue la punzada, tengo la tenaza prendida al talón. Quiero quitármela, me meo de dolor. Le remiento su madre al animal y al puto mundo. Lloro y me tiro a morirme un rato sobre una peña caliente. 

Oigo las olas y la corredera de cangrejos. Uno de esos animales se acerca a hacerme cosquillas en el otro pie; al no moverme, llegan otros más. Pronto los tengo encaramados hasta las canillas por fuera y dentro del pantalón. Llegan muchos más, como si se llamaran. Todos me montan por los pies y continúan por mis piernas. Comienzan a rascarme la verija, se hacen remolino. Son como una marabunta, siguen llegando; con sus tenazas me escarban el ombligo carcomiendo mi playera, otros más me rascan el pecho; ya no puedo levantarme, la cangrejera pesa más que yo.

Un escalofrío me sube hasta la cabeza donde se amontonan los cangrejos más grandes. No tardarán en morderme, se comerán mis ojos; los cangrejos de mar perrean la carne y a los de monte les gusta la yerba. Han comenzado a herirme y no hago por quitármelos.

Nunca imaginé morir de esta manera ridícula y dolorosa.

Relampaguea y una luz azul vibrante ilumina todo, después le sigue el trueno más potente jamás oído por mí, tanto que cimbra el peñón, al mismo tiempo una descarga eléctrica me levanta algunos centímetros del suelo. Los cangrejos se apean luego y huyen, pero muchos quedan tostados sobre mi cuerpo. Al segundo todo es silencio y calma, ya no escucho el tocadiscos ni las olas. Me vuelve la fuerza para levantarme y me sacudo los cangrejos muertos. Me siento liviano, como el aire de la noche. Estoy vivo… pero creo ser otro. Soy yo y otro, y otros son lo mismo que yo.

Fragmento de la novela La oscurana*, de Cuauhtémoc Peña, de próxima publicación por la Secretaría de Cultura Federal y 1450 Ediciones / Todos los libros de Oaxaca.

*Proyecto apoyado por el Sistema de Apoyos a la Creación y Proyectos Culturales (SACPC).

Semblanza

Cuauhtémoc Peña Vásquez, escritor y editor, ha publicado narrativa, poesía y textos de divulgación. Es autor de "La muerte entre la grama" (1998), "Doce historias de amor y otra estafa" (2015) y "Mi abuela es una sirena y mi abuelo es un camaleón" (2018), entre otros títulos.

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