Jaime Santiago
Cuando el viento cambia
de las ramas altas
caen
flores blancas.
Destellos de colores la mirada
en la yerba.
La tarde se cubre de mariposas,
de alas rojas y grises lunares.
En el pretil se desenrolla la serpiente,
entra a su madriguera.
El tronco del árbol es un fantasma que en su garganta gorjean
pájaros jilgueros.
Sentada en la sombra del sol último de la tarde,
en esa claridad solar,
la abuela quiere que se cuelgue el ombligo
de su nieto recién nacido para que sea valiente
y no le tenga miedo a las nubes altas,
al cielo negro, a los perros bravos.
Limpia la mala yerba del orégano y de las flores,
se quita el sombrero de paja de la cabeza,
pide un vaso con agua que toma de un trago.
Cuando truena el cielo con un aire casi divino,
se mete a su jacal, atiza la olla de frijoles,
toma asiento, se hace un taco de tortilla de trigo y sal,
mira a lo lejos por una ventana pequeña, ahí se pierde
entre el sombrío humo azulado.
A las ramas le han brotado flores como nubes
que se llenan de avecillas que vienen de los cerros.
Sobre el muro de cantera bajo el huele de noche
está durmiendo Nduari, mi gato.
El viento hace cambiar al árbol, ahora es un danzante,
respira ese aire que viene de una lluvia lejana.
Gente pasa por la calle, van a la iglesia.
Sonriendo me miras desde la ventana
te veo y el tiempo es un sol amarillo
que se disuelve tras del monte.
Otra vez el pájaro carpintero
vino a hacerla de constructor.
Es invierno, el sol sale, pero el frío es más fuerte.
En el cascaral del patio, una paloma se acicala el plumaje.
Tocan a mi puerta. Abro.
Es la joven que vende gelatinas.
Su frescura me hace sentir viva,
le compro y conversamos sólo algunas palabras,
me sonríe y se marcha.
La miro alejarse.
El ave en el poste tac, tac, tac, tac, tac.
Afuera hay un espacio ancho,
las flores de los cascarales se encienden.
La luna acaba de salir, queda un sol tierno que gatea sobre las montañas.
El frío: perra hambrienta que muerde en silencio.
El zapotal sin hojas se estremece sombrío a media luz,
sobre las piedras revolotean hojas secas.
La calle es una voraz boca de la nada,
coyota.
Queda la lluvia en las hojas,
con el viento, grandes gotas caen sobre la yerba.
Relámpagos tras de las montañas.
Allá sigue lloviendo.
Aquí, mariposas nocturnas dándole vueltas a la noche,
palomillas revoloteando en un foco sucio de luz amarillenta.
No hay estrellas.
Se escucha
el violento correr
de un río embravecido a lo lejos.
Semblanza
Jaime Santiago nació en Teotongo, Oaxaca (1964). Desde la muerte de su padre a la edad de seis años, tuvo que desempeñar diversos empleos modestos. Vivió en su pueblo natal hasta los doce años y para continuar con sus estudios viajó con su madre a la Ciudad de México.
Es mecánico automotriz de profesión, pero desde joven un apasionado de la lectura. Ha participado en distintos talleres literarios como “Taller de creación literaria” en la ciudad de México, Puebla y Tlaxcala con Ricardo Yáñez y el “Taller de poesía y narrativa” en el Faro de Oriente con Eduardo Cerecero. Es autor de los libros En la Tierra del Dios Pequeño (Ediciones La Sonámbula, 2013) y Respirar concreto (Editorial Cuajilote, 2021).
