Como si se tratara de un punto de alta peligrosidad, el parque El Llano esta acordonado.
Alrededor de la manzana que la conforma ondea la leyenda precaución.
Dentro del perímetro, que hasta hace unos días todavía era ocupado por deportistas, sólo pasean las palomas.
Una sensación de tristeza recorre la piel de transeúntes que caminan al ras del acordonamiento, tentados a romper el cerco impuesto para correr, cortar camino o sólo para sentarse en una banca a mirar transcurrir el día.
Desde el inicio de la pandemia por el COVID-19 el movimiento en el parque comenzó a suprimirse.
Primero prohibieron la presencia de niñas y niños en el lugar.
Las clases de patinaje y los grupos de scouts desaparecieron.
Aún con las medidas restrictivas había quienes llegaban a pasar el rato bajo la sombra de los árboles, realizar una caminata o correr.
Al pasar de los días y con el aumento de casos de COVID-19, el parque cuya historia se remonta a 1777, quedó desierto.
La quietud que ahora vive no es un signo de tranquilidad, por el contrario, inquieta el tener que continuar alejados, en aislamiento bajo la advertencia de que lo peor todavía no llega aun cuando leemos que los hospitales comienzan a saturarse.
La mañana no es la misma sin el puesto de dulces regionales con sus colores de alegrías, palanquetas y pulpa de tamarindo, sin las personas sentadas en sillas plásticas frente al puesto de tostadas de queso de puerco y salchicha roja que prepara Cheo.
Tampoco sin el olor a café recién hecho que emana del carrito aparcado en la esquina de doctor Liceaga y Avenida Juárez.
O cuando cae la tarde el aroma de elote tierno del puesto de esquites ubicado justo frente a la Secretaría de Turismo.
El jardín Conzzati también está acordonado, lo mismo el mirador del Cerro del Fortín, el Jardín Antonia Labastida, ubicado en la esquina que forman las calles Macedonio Alcalá (andador turístico) y Mariano Abasolo, espacios públicos tradicionales en donde las y los oaxaqueños disfrutan de su tiempo libre.
En los recuerdos de la población no hay registro de momentos tan aciagos cuya necesidad haya requerido establecer los espacios de recreación como focos rojos, lugares de peligro mortal.
