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Felicitas, conocida por sus crímenes y llamada la Acompañante de Roma

macabrona-portada
Foto(s): Cortesía
Redacción

Uno de los oficios más nobles y sacrificados que existen tiene que ver con la medicina y el cuidado de las personas, sin embargo, a veces el juramento hipocrático al que se someten algunos profesionales de la salud no tiene sentido cuando se los vincula con casos dolosos de muerte.

En México durante las primeras décadas del siglo XX, existió una enfermera y partera que dejó su nombre grabado en la lista de criminales de esta nación: se trató de Felicitas Sánchez Aguillón, quien fue una asesina en serie apodada "La acompañante de la Roma", al ser responsable de varios abortos e infanticidios en la Colonia Roma de la capital mexicana.

 

 

Nacida en 1890 en la localidad de Cerro Azul, se conocen algunos detalles de la vida de Felicitas, como que tuvo una mala relación con su madre que la llevó a una psicopatología, que la hizo odiar a la maternidad y todo lo que la rodeaba, además de disfrutar matando animales.

En la primera década del siglo XX, Felicitas se graduó de enfermera y trabajó como partera en la ciudad de Veracruz, a su vez se casó con Carlos Conde y tuvo dos hijas con él, pero la situación económica del matrimonio eran tan mala, que la mujer decidió vender a las criaturas ante la negativa de su esposo, y por supuesto, esto hizo que la pareja se disolviera.

 

 

Camino a la capital

Tras esta situación, Aguillón se fue a vivir a la Colonia Roma de la ciudad de México DF, y alquiló un departamento a otra fémina. Sin embargo, fue en ese mismo lugar donde la asesina comenzó a atender partos clandestinos, los cuales casi siempre terminaban en abortos.

Las sospechas de los vecinos de ese departamento no tardaron en llegar, ya que cada tanto las cañerías se tapaban y varias veces olían y veían la salida de humo negro con olor desagradable. Con el paso del tiempo, los abortos clandestinos aumentaron y la asesina no solo los realizaba allí sino también en la vivienda de ricas mujeres que querían deshacerse de los fetos.

 

 

Como si esto fuera poco, Felicitas también se dedicó al tráfico de niños, quienes eran recién nacidos que sobrevivían a los partos y eran vendidos a "buenas casas" a cambio de suculentas sumas de dinero. A pesar de ser detenida dos veces por intentar vender un menor, Felicitas siguió con su turbio negocio.

Este criminal emprendimiento le dio tanto dinero que abrió su propia clínica clandestina en la ciudad, en donde continuó con los cruentos crímenes de infantes, y según se supo más adelante, su modus operandi era el siguiente: bañaba a las víctimas en agua helada, no les daba de comer y los hacía dormir en el suelo, y como si este método de tortura no fuera suficiente luego los mataba por asfixia, envenenamiento, estrangulación o apuñalamiento. En cuanto a los cadáveres, solía descuartizarlos y sus restos eran tirados a las alcantarillas, depósitos de basura o incinerarlos.

 

 

Detención y muerte

La serie de muertes parecían no tener final hasta que en abril de 1941 se terminó su cruel reinado, ya que la alcantarilla del edificio donde vivía la asesina se tapó y lejos de darse cuenta, un vecino llamó a un plomero y un albañil, quien al levantar el piso y llegar a la cloaca, dieron con carne putrefacta, grasa, un pequeño cráneo y algodones con sangre.

La denuncia no tardó en llegar y la policía irrumpió en el cuarto de la asesina donde se encontraron con un cuadro dantesco, sin embargo, para infortunio de los agentes del orden, la mujer se había dado de la fuga y comenzó una búsqueda infranqueable por dar con ella. Días más tarde, primero se detuvo a un fontanero cómplice de la asesina y luego le tocó el turno a Felicitas, cuando intentaba huir de la ciudad.

Más allá de las pruebas y testimonios que llegaron en su contra en el juicio, Felicitas logró recuperar su libertad bajo fianza y se fue a vivir a la casa de su nueva pareja, Roberto Covarrubias, pero el peso que había en su conciencia por tanta muerte no la dejó vivir en paz, y el 16 de junio de 1941 se suicidó con una sobredosis de Nembutal, sin dejar de lado que escribió tres cartas póstumas, en las cuales nunca sintió remordimiento por lo ocurrido.

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