SANTA MARÍA OZOLOTEPEC, Miahuatlán, Oax.- Apenas alcanza un metro y medio de altura y el tiempo ya hizo su trabajo: a sus 88 años, Anselma Ruiz mira cómo los soldados limpian los escombros de lo que fue la vivienda donde vivió por años; aquí, en su tierra, en Santa María, y sonríe, extrañamente, casi sin melancolía.
"Tengo un solo apellido, pero él, mi hermano Rigoberto, tiene los dos. A mis papás se les olvidó ponérmelo, así como se ha olvidado mi hijo de mí. Ahora que tembló, ni siquiera ha venido", dice.
Anselma se pregunta y se responde a sí misma: "¿Y qué le hacemos? Así quiere Dios; igual que quiso que mi casa se cayera. Lo bueno es que estoy viva y mi hija también. Eso me da paz, señala.
Madre de dos hijos, Anselma guarda fuerzas en algún rincón de su diminuto cuerpo para cuidar a su hija Malena, de 56 años, "porque ésta padece de su mente" , indica.
Su pensamiento lo ocupan los recuerdos. Debajo de esa casa derruida quedó lo poco que pudo hacer en años. Ahí están la añoranza y las lágrimas del sufrimiento que le embarga desde que Malena dio visos de su enfermedad.
Anselma forma fila para obtener una despensa luego de tres días sin contar con alimentos.
"Yo decía que cuando me muriera, por lo menos quedaría un lugarcito para mi'ja, para que sus primos y su hermano la vinieran a ver. Ahora ya no sé que vamos a hacer", comenta.
Estela, su cuñada, la consuela. Le insiste que no la dejarán sola, pero "la abuelita", como le dice la gente de su barrio, insiste en que su hijo vendrá a verla. Anselma olvidó - seguramente por el dolor- que Francisco, su hijo, murió hace dos años.
Anselma sonríe y tiene una explicación: "Estoy viva, sin casa pero viva; todavía puedo ver por mi Malena y no nos vamos porque aquí eché mis raíces que se llevará la tierra con temblores o con agua, y porque mi hijo seguro que ya viene", concluye.
"MORIR AL PIE DEL CERRO"
Teodoro, atado a sus recuerdos.
"Hace dos meses se me fue mi esposa; murió de cáncer. Si ella se quedó aquí, también yo me quedo", dice Don Teodoro, de 80 años. Él vive solo en Santa María Ozolotepec; sus cuatro hijos emigraron, como muchos de la comunidad, en busca de una mejor vida.
Don Teo señala los últimos escombros que quedan de lo que fue su casa hecha con adobe, como casi todas en su pueblo; ahí se veló su esposa, ahí la miró por última vez.
Sus ojos se humedecen y a pregunta expresa, responde con firmeza: "No me voy, me muero en mi tierra. Mis hijos me pidieron irme, pero yo no dejo a mi esposa. Si la madre naturaleza decide que me entierre este cerro, pues aquí me quedo".
El dinero no le preocupa: cada seis meses recibe ayuda de sus hijos. Son mil pesos, y si no hay, come frijoles que él mismo cosecha para su autoconsumo.
Los elementos del ejercito enviados en apoyo a la comunidad terminaron de limpiar el lugar. Se despiden de Teodoro y éste, con lágrimas en los ojos, los bendice.
"Me quedé con un cuartito de madera y no voy a hacer más; me falta poco para alcanzar a mi esposa. Lo que hice en 40 años ya no lo recupero, ya no hay fuerzas", concluye.
En Santa María Ozolotepec el 40% de la población esta integrada por personas de la tercera edad, pero ninguna, a pesar del riesgo, quiere dejar su pueblo; se niegan a abandonar ahí su historia. Aquí, muchos como Anselma y Teodoro "echaron raíces difíciles de arrancar al pie del Cerro de la Alianza".
