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Cuando la fiesta termine

Un retrato de Mario Robles, protagonista del artículo titulado 'Cuando la fiesta termine', posando para la cámara del periódico.
Foto(s): Cortesía
Rodolfo Ríos Reyes

Cada año ocurre lo mismo.

Oaxaca se convierte en la postal perfecta de México. Los escenarios lucen impecables, las delegaciones muestran el orgullo de sus pueblos, los hoteles alcanzan ocupaciones históricas y los discursos oficiales celebran una derrama económica que se presenta como prueba irrefutable del éxito de la Guelaguetza.

Durante dos semanas, el estado parece vivir una prosperidad difícil de cuestionar.

Sin embargo, basta con apagar los reflectores para descubrir una realidad mucho menos festiva.

Existe un Oaxaca que no aparece en los promocionales turísticos. Es el de los municipios que sobreviven con presupuestos insuficientes, administraciones que apenas alcanzan para cubrir la nómina y autoridades obligadas a resolver problemas cada vez más complejos con recursos que hace tiempo dejaron de ser suficientes.

La paradoja resulta inevitable.

Mientras la Guelaguetza genera cientos de millones de pesos, buena parte de los gobiernos municipales enfrenta dificultades para reparar una red de agua potable, mantener funcionando un sistema de recolección de basura o equipar a su policía.

No se trata de minimizar la importancia económica del turismo.

Sería absurdo hacerlo.

La actividad turística representa empleo, inversión y oportunidades para miles de familias. El problema comienza cuando la riqueza que produce ese turismo termina concentrándose en pocos sectores, mientras los costos de sostener esa actividad recaen sobre municipios que financieramente viven al límite.

Cada visitante consume agua, utiliza calles, genera residuos, requiere seguridad, movilidad y servicios públicos.

Todo eso tiene un costo.

Y quienes lo absorben diariamente son los ayuntamientos.

Paradójicamente, son ellos quienes menos participan en los beneficios económicos que deja la temporada turística.

La discusión adquiere una dimensión todavía más profunda si se observa el debate que recientemente abrió el Espacio Estatal en Defensa del Maíz Nativo.

Su crítica no iba dirigida únicamente al espectáculo de la Guelaguetza, sino a la transformación de una práctica comunitaria basada en la reciprocidad en un producto destinado al mercado turístico.

Vale la pena detenerse en esa reflexión.

La esencia de la guelaguetza consiste en compartir, corresponder y fortalecer a la comunidad.

Pero cuando el patrimonio cultural genera enormes ingresos sin traducirse en mejores condiciones para las comunidades que lo conservan, esa lógica de reciprocidad comienza a romperse.

Las comunidades aportan danzas, lenguas, textiles, gastronomía, música, rituales y saberes ancestrales.

Sin ellas, simplemente no existiría la Guelaguetza.

Pero muchas continúan enfrentando caminos deteriorados, clínicas sin medicamentos, escuelas con carencias y gobiernos municipales con escasa capacidad financiera.

No deja de ser contradictorio que quienes preservan el principal atractivo turístico del estado sean, al mismo tiempo, quienes menos participan de los beneficios que éste produce.

El problema no radica en promover el turismo.

El verdadero debate consiste en preguntarnos qué modelo turístico estamos construyendo.

Uno donde la riqueza permanece concentrada en determinados corredores comerciales.

O uno donde el desarrollo alcance también a los pueblos que sostienen la identidad cultural de Oaxaca.

Porque hablar de derrama económica no basta.

La verdadera medición debería hacerse en infraestructura municipal, en servicios públicos de calidad, en mejores condiciones para las comunidades indígenas y afromexicanas, en agua potable, en seguridad y en oportunidades para quienes durante generaciones han conservado el patrimonio que hoy atrae visitantes de todo el mundo.

Quizá haya llegado el momento de replantear la conversación.

No basta con celebrar cuántos turistas llegaron.

Tampoco cuántas habitaciones se ocuparon.

La pregunta realmente importante es otra:

¿Qué tanto cambia la vida de los municipios cuando termina la Guelaguetza?

Si la respuesta sigue siendo "muy poco", entonces la fiesta continúa siendo un éxito para algunos, pero una oportunidad desperdiciada para muchos otros.

Y esa, más que una cifra turística, debería convertirse en la principal preocupación de Oaxaca.

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