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El rudo trabajo de preservar el arte en palma y flor de cucharilla en Oaxaca

Foto(s): Citlalli López Velázquez
Citlalli López Velázquez

Elaborar arte en palma pareciera algo sencillo, pero las manos de Isaías cuentan todo lo contrario. El trabajo diario las ha endurecido, la manipulación de las fibras ha zanjado sus palmas. Cada centímetro es una grieta que habla de la rudeza de su trabajo. “Mire, donde me agarra, me tasajea”, dice mientras muestra una pequeña herida en el dorso de la mano.

Originario de la Mixteca baja, Isaías llegó junto a su madre y su hermana a la ciudad de Oaxaca para participar en la tradicional vendimia del Domingo de Ramos. En sus palabras, esta festividad no sólo es una fecha sagrada, sino una oportunidad para dar a conocer su arte, ése que se construye con paciencia, creatividad y manos firmes.

“Estos trabajos no cualquiera los puede hacer”, afirma. “Se necesita saber trabajar la palma, el trigo, la cucharilla. Y se necesita fuerza. Si no la sabes manipular, te corta. Es bien filoso”.

 

Proceso previo

El proceso comienza meses antes. En su comunidad, primero siembran el trigo, después lo cosechan y lo seleccionan para utilizar sólo los tallos más resistentes. Recolectan la flor de cucharilla que crece en el monte y cortan la palma con la que luego tejen las figuras. El trabajo no se limita a un par de días, sino a jornadas completas de preparación que pueden durar hasta seis meses para estar listos en Semana Santa y Día de Todos los Santos, las dos temporadas más fuertes de venta.

“Nosotros tenemos que prepararnos unos siete meses antes del Domingo de Ramos. Todo lleva su tiempo”, comenta Ana Cristina López López, hermana de Isaías. “No es de que haces dos o tres piezas y ya. Hay que dedicarle tiempo, paciencia y mucho esfuerzo”.

Piezas más solicitadas

Las piezas más solicitadas en estas fechas son las palmas tejidas con forma de cruz y las coronas adornadas con flor de cucharilla y ramitos de trigo. Pero no son productos en serie. Cada una es diferente. “Ahorita traigo este material, pero más tarde saco otro. Otro color, otro diseño. La gente luego pregunta por qué no lo sacamos desde temprano, pero es que ya le invertimos otro trabajo, otra figura.”

Isaías no sólo vende, también explica. Muestra las distintas calidades de palma, enseña cómo cambia el material al exponerse al sol y describe la técnica para lograr que cada ramita esté perfectamente entrelazada. “Aquí traigo los guantes. Es para una sola mano, porque con las dos no puedes maniobrar igual. Tienes que saber cómo cortarlo, cómo sostenerlo. Tiene su chiste.”

Conocimiento de generación en generación

En el zócalo de Oaxaca, donde se colocan durante la semana previa al Domingo de Ramos, las voces de artesanas como Juana López también se hacen presentes. Ella aprendió desde joven, “como a los 20 años”, viendo a su gente. “Nadie nos enseñó, aprendimos mirando, con nuestras manos, con nuestros errores.” Hoy transmite ese saber a sus hijas y nietas.

“Vengo de la orilla de mi pueblo, por Cuicatlán. Es costumbre de allá hacer estas artesanías. Son parte de nuestra tradición. Nadie sabe desde cuándo se hace esto, pero no se debe perder”, dice Juana mientras acomoda sus coronas de palma tejida.

 

 

Orgullo por el trabajo

En su voz hay cansancio, pero también orgullo. “Aunque nos guste o no nos guste, es nuestro trabajo. Es nuestra tradición.” Para ella, trabajar la palma es también una forma de oración. “Dios dio su vida por nosotros. Mientras tejemos, pensamos en él, le damos gracias. No porque estamos vendiendo quiere decir que lo olvidamos.”

Las piezas que elaboran no sólo se bendicen, también se guardan como símbolo de protección para los hogares. “Hay coronas que duran hasta seis meses, depende de dónde la cuelgues. Si la tienes adentro, aguanta más. Pero si está en el exterior, se va deshaciendo con el tiempo”, explica Isaías mientras acerca la corona a las manos de un cliente indeciso.

A pesar del trabajo rudo, hay amor por lo que hacen. Ana Cristina lo resume bien: “Me gusta mi trabajo, porque es nuestro oficio. Si no tuviéramos entusiasmo, nuestras artesanías no saldrían bonitas. Hay que ponerle corazón, color, cariño. Porque eso también lo ve la gente”.

La comercialización

Las condiciones para comercializar no siempre son las mejores. Aunque cuentan con permiso, los espacios son limitados y las ventas inciertas. “Apenas vamos llegando, vamos a ver cómo nos va. Pero ahí estaremos hasta el domingo”, comenta Ana Cristina con esperanza.

El zócalo se llena de aromas, de texturas, de color. Pero sobre todo, de historias. De familias que han resistido el paso del tiempo con sus manos, con sus saberes, con su fe. De hombres como Isaías que, entre tallos y cortes, trenzan también una parte de su historia. Y de mujeres como Juana, que siguen transmitiendo desde la palma el legado de su comunidad.

“Estos trabajos no cualquiera los puede hacer”, afirma. “Se necesita saber trabajar la palma, el trigo, la cucharilla. Y se necesita fuerza. Si no la sabes manipular, te corta. Es bien filoso”.

Isaías

Artesano

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