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Aquellos tiempos: Duele Oaxaca

Una imagen histórica que ilustra un momento de conflicto social en las calles de Oaxaca, evocando los tiempos difíciles del pasado.
Foto(s): Cortesía
Redacción

Por Gerardo Garfias Ruiz / Colaborador  

 

En estos momentos aciagos que padecemos, que pareciera pleno invierno en que no sabes si es el frío inclemente que abraza el cuerpo o la frialdad, la orfandad que deja una muerte violenta, un asesinato de quien hasta unas horas antes de ser ultimado escribió y compartió su visión de lo que estamos viviendo en nuestra Oaxaca, lejana ya de los días y las noches en que podíamos escuchar la respiración de su clima, de sus olores, de sus vivencias. Oaxaca de sus celebraciones, de sus tradiciones, de la comunalidad expresada casi en cada rincón de su geografía, desde los rincones de los aguerridos afromexicanos en Lo de Soto, Huaxpala o el mismo Collantes, en la impactante vitalidad de Pinotepa con sus hermosas mujeres, el sagrado tinte del caracol púrpura en Don Luis, las escarpadas montañas de la Cañada con el calor abrazador de la tierra del Canto, de los vericuetos en las curvas al parecer interminables para sentir en el alma la mística de Huautla, la vitalidad, exuberancia y calidez de la gente de la Cuenca.

La neblina que a veces no permite ver tus propias manos en la sierra, los olores de la vegetación y la lluvia de la zona mixe, las noches de luna llena después de la pertinaz lluvia en los Valles Centrales y el paraíso que fue el Istmo, nuestro Istmo añorado lo mismo reseñado por Charles Brasseur o en la novela La Didzhaza que en sus canciones que tanto nos identifican y que hoy pareciera cobrar una relevancia triste y trágica en aquellas letras de Chandrés que dicen “No me llores no, no me llores no, porque si lloras yo muero: En cambio si tú me cantas yo siempre vivo y nunca muero”. Cuánto de esto hemos ido dejando que lo perdamos, cuánto de esto hemos permitido que nos lo arrebaten los malos que son los menos, cuánto queda de los sueños y esperanzas que nos heredaron y también pudimos construir en los últimos años de paz y convivencia entre nosotros y los que aquí decidieron permanecer por todo lo que nos identificó en una realidad cada vez más lejana.          

Si bien las tendencias incluso internacionales de violencia, terror criminal, el crimen organizado, la pobreza y los malos gobiernos han contribuido a este deterioro, es lastimoso obviar y peor aún negar que nosotros mismos hemos sido omisos si no coparticipes de esta pérdida de convivencia, de comunalidad, de solidaridad y respeto por nuestros semejantes lo mismo en la consanguinidad de los que integran las milicias de los malos, en regodearnos en la riqueza deslumbrante que subliman los corridos, las formas de vida ostentosas de los que encabezan los grupos delincuenciales o la corrupción que invade y suma cada vez más a personas y ámbitos comunitarios imponiendo modelos de acumulación y poder de unos cuantos. Vemos a los que llegan a nuestros barrios y colonias con signos de riquezas mal habidas que cuando no las comparten al menos pasan a ser parte del anecdotario curioso o que se cuenta como broma de aquellos que nos han arrebatado la paz y la convivencia comunal.

Quienes tienen por el voto el mandato de los que por una u otra razón los hicieron encabezar la administración del bien común, pareciera que cada vez no solo se alejan de cumplir con su encomienda sino en la medida que se empoderan se radicalizan en la intolerancia de aquellos que tienen otra visión, otra concepción de lograr el bien común que crea y recrea un clima de linchamiento y descalificación desde la más alta tribuna, que potencializa las diferencias y percepciones que de suyo existen en una sociedad plural como la nuestra. De ese pasado reciente al que me refiero líneas arriba van quedando jirones y recuerdos cada vez menores de tal manera que las nuevas generaciones las ven como algo increíble o que solo es una referencia mítica de quienes estamos identificados en creer que todo pasado fue mejor, que los tiempos idos son mera fantasía o sublimación del ser oaxaqueños de antaño que les parece existieron en todo caso en publicaciones, historias orales y anécdotas familiares.

Aún en esta pérdida creciente de lo que nos heredaron y construimos en comunalidad, hay manifestaciones sociales, lideres de opinión y personas consecuentes que todos los días luchan por no solo conservar nuestros valores comunitarios sino también impulsar cambios de fondo que nos haga una sociedad más justa, más libre y más humana, personas, grupos, pensadores y académicos, gente de bien, oaxaqueñas, oaxaqueños y quienes han decido jugárselas con nosotros aquí y ahora. Aun cuando estamos en momentos graves donde la criminalidad, los feminicidios, la pobreza y los intentos por aumentar la división nos amenazan, podemos tomar lo mejor de nuestras tradiciones y costumbres de verdad más allá de pervertirlas en espectáculos y botín político para hacer de Oaxaca un espacio de convivencia humana y digna y no una puerta falsa para huir de rodillas.

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