Las tres de la tarde. Sobre el asfalto de la Central de Abastos la sensación térmica es la de un horno encendido. Don Mateo, quien vende fruta en un puesto semifijo, se limpia el sudor de la frente con un trapo húmedo. Al lado de su báscula hay un termo con agua y dos botellas vacías de electrolitos orales.
"Si no tomo el suero, a media tarde ya me duele la cabeza y me mareo", dice sin despegar la vista de sus clientes. "Pero cada botellita me sale en 35 pesos. Entre el agua para la casa, los sueros para aguantar la jornada y las cremas que me pide mi esposa para los niños, el calor ya nos cuesta un dinero que no tenemos".
El testimonio de Mateo no es un caso aislado; es la radiografía de una crisis silenciosa. Mitigar los efectos de las altas temperaturas en la entidad ya no es solo una cuestión de salud pública o confort, sino un fuerte golpe financiero. Hoy en día, un oaxaqueño promedio destina entre 500 y 1,500 pesos mensuales únicamente a protegerse del sol y la deshidratación durante la temporada más crítica del año. Una cifra que, al contrastarse con la realidad laboral del estado, adquiere tintes alarmantes.
La canasta básica del verano: El desglose del gasto
Mantener el cuerpo hidratado y la piel a salvo se ha convertido en una carrera de gastos hormiga y facturas elevadas. El presupuesto de supervivencia climática se fragmenta en necesidades cotidianas que, sumadas, desestabilizan cualquier presupuesto familiar.
La hidratación es la primera línea de defensa, pero el acceso a ella tiene un costo fijo. Un garrafón de agua de 20 litros oscila actualmente entre los 45 y 60 pesos. En un hogar donde se consumen apenas dos por semana, el gasto mensual se sitúa en los 400 pesos. A esto se suman los electrolitos médicos, indispensables ante los primeros síntomas de golpe de calor. Con un precio de entre 28 y 45 pesos por pieza en el mercado, consumir dos a la semana añade unos 300 pesos a la cuenta del mes. Aunque el sector salud distribuye gratuitamente los sobres de Vida Suero Oral, la inmediatez de la jornada laboral empuja a muchos a la farmacia privada.
Por otro lado, el protector solar con factor FPS 50+ ha dejado de ser un artículo de vanidad para convertirse en un insumo de primera necesidad médica. Sin embargo, su costo representa el impacto individual más severo: un bloqueador dermatológico de 50 mililitros cuesta entre 350 y 600 pesos, y dura apenas un mes con uso diario. Las opciones comerciales de supermercado reducen el impacto a un rango de entre 180 y 300 pesos, pero siguen siendo un reto para la economía popular, especialmente al sumarle cremas hidratantes o geles para aliviar las quemaduras cutáneas, que rondan los 120 y 250 pesos.
Finalmente, dentro de los hogares, el alivio también se paga caro. Quienes cuentan con ventiladores o sistemas de aire acondicionado portátil ven cómo el recibo de la Comisión Federal de Electricidad se duplica o triplica, sumando un costo oculto de entre 300 y 1,000 pesos adicionales al bimestre por habitación.
La brecha salarial: Cuando cuidarse es un lujo
El verdadero impacto del cambio climático en Oaxaca se mide en porcentajes de sueldo. En un estado donde la tasa de informalidad laboral alcanza un abrumador 78%, la capacidad económica para hacer frente a la canasta estival es dispar y profundamente desigual.
Para un trabajador del sector formal que percibe el salario mínimo legal, estimado en unos 9,582 pesos mensuales, el gasto máximo por el calor representa cerca del 15.6% de sus ingresos. Esta es una cifra considerable, pero que aún permite cierto margen de maniobra.
La tragedia financiera ocurre en la economía informal, donde el ingreso promedio real de la población ronda apenas los 4,220 pesos al mes. Para un comerciante, un transportista o un trabajador agrícola, destinar 1,500 pesos mensuales en agua, protectores y el incremento de la luz significa entregar el 35.5% de todo su dinero disponible solo para soportar el clima. Incluso un gasto moderado de 500 pesos drena el 12% de los recursos de estos hogares.
Un dilema de supervivencia
Con una de las canastas básicas más caras del país, las familias oaxaqueñas de los sectores más vulnerables se enfrentan a un dilema de hierro cada temporada de calor: comprar protectores solares de calidad y sueros médicos, o asegurar el alimento diario en la mesa.
Mientras las temperaturas globales continúan en ascenso, en las calles de la capital queda claro que el calor no nos afecta a todos por igual. El sol brilla para todos, pero la sombra y la hidratación se han convertido en un privilegio de clase.
