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Los campos de Oaxaca mueren de sed

Foto(s): Cortesía
Redacción

MACUILXÓCHITL DE ARTIGAS CARRANZA, Tlacochahuaya, Oaxaca.- La gente ha abandonado los campos. El ruidoso y veloz paso de los vehículos sobre la carpeta de asfalto no repara en el entorno desolador de tierras llenas de hierbas, enmontadas, secas, con un pozo de agua en medio como un fantasma.


A unos 30 metros de la carretera, en la localidad de Macuilxóchitl, pueden verse dos hombres, un viejo y un joven separados de punta a punta sobre un campo en el que se ha sembrado frijol. Los únicos en un recorrido de poco más de 20 kilómetros entre los municipios Santa María El Tule y Tlacolula de Matamoros, región de los Valles Centrales de Oaxaca, sobre los que se extienden terrenos para la siembra.


“Acá vivimos de esto, de lo poquito que da, es para consumo de la casa, hay personas que compran un kilo, pero no es negocio”, explica el campesino José Torres Pantaleón, de 74 años de edad, mientras da indicaciones con la mano a su joven ayudante, originario de los Mixes, que se encuentra como a una distancia de 50 metros o más, sobre dónde colocar la manguera para regar la tierra.


Los jóvenes rechazan el campo




El campesino José Torres Pantaleón lamenta que los jóvenes ya no quieran trabajar la tierra. FOTO: Mario Jiménez Leyva

El agua es una de las causas, pero Torres Pantaleón, originario de Macuilxóchitl de Artigas Carranza, agencia del municipio de San Jerónimo Tlacochahuaya, tiene otra teoría que es también certera: a los jóvenes ya no les interesa trabajar en el campo, prefieren estar donde haya dinero.


Él lo sabe muy bien, tuvo siete hijos y todos, salvo su hija que se casó en el pueblo, emigraron a la Ciudad de México. Ninguno quiso trabajar la tierra.


“Sólo los de mi edad somos lo que seguimos trabajando en esto, somos pocos”, dice y señala hacia un cerro que se ve a la distancia. “Todos los pueblos están igual; allá, detrás de ese cerro, en Teotitlán, los terrenos están abandonados, tienen hierbas, espinas, están enmontados”.


En la mayoría de los municipios que comprende el distrito de Tlacolula, cuyos pobladores se dedicaban a la siembra de maíz, frijol, garbanzos y hortalizas, además del maguey y la producción del mezcal, han optado por abandonar sus tierras o dejar de trabajar en la siembra.


Inversión perdida




Siembra de maguey en las afueras del municipio de Tlacolula. FOTO: Mario Jiménez Leyva

La actividad agrícola dejó de ser su sustento, principalmente porque cada vez es más difícil conseguir agua; invertir en el campo es algo que ya no reditúa, no sólo por el dinero que implica, también por el trabajo que se lleva en ello. La sequía se acentuó hace dos años, pero es algo que padecen desde hace poco más de una década.


Juan García trabaja bajo la sombra de un enorme anillo de concreto; entre su cabeza y la cachucha sobresale un pañuelo rojo que le ayuda aún más a cubrirse de la intensidad de los rayos solares. A unos pasos, hay un enorme hoyo de 10 metros de profundidad, en cuyo fondo se encuentra su compañero picando la piedra con la que se han topado.


Tiene 40 años, se dedica a cavar pozos profundos de agua y cuando se acaba el trabajo, busca como albañil o se renta en la construcción. Es el primer pozo que cava en el año, pero al menos ha hecho una decena.


Ahora fueron contratados para hacer uno que permita regar unos campos en los que se han sembrado magueyes y por ello gana 200 pesos al día.


“No, pues la mera verdad, como ya no llueve, necesitamos buscar la forma de cómo mantener el campo; el cultivo ya no se da con este tiempo que estamos ahorita. Está fuerte la sequía. Batallamos para encontrar el agua, hay veces que el agua se encuentra a 10 o 15 metros de profundidad”.



Cada vez, dice, hay que cavar más profundo. Además, explica que para saber dónde hay agua, se contrata a otra persona que la detecta artesanalmente con una vara, que al vibrar, indica que debajo de ese lugar puede encontrarse el vital líquido.


Quieren obras para captar agua




El agua en el valle de Tlacolula, un bien natural que se desvanece. FOTO: Mario Jiménez Leyva

La sequía ha unido a autoridades ejidales de 13 municipios y tres agencias municipales del distrito de Tlacolula de Matamoros, para hacer frente al Gobierno del estado y solicitarle apoyo para realizar obras que les permitan captar el agua de la lluvia, con el fin de recargar sus mantos acuíferos.


“Tenemos más de 10 o 15 años que no llueve como debe de llover. Han mermado considerablemente las lluvias, ahorita en estos momentos ya se empieza a sentir la escasez del agua en la cuestión de los pozos con los que contamos para el riego”, expresa Florentino Salas Martínez, tesorero del Comisariado de Bienes Ejidales de la localidad de Santa Rosa Buenavista, perteneciente al municipio de San Sebastián Abasolo.


Al menos, detalla, el 65 por ciento por ciento de los campesinos han abandonado el campo y quienes vivían prácticamente de ello, ahora se emplean como albañiles, peones o en cualquier otro trabajo.


Sin agua no hay siembra


La crisis es tal, que las comunidades de esta región dejaron de celebrar la Feria del Chile de Agua y el Ajo, porque simplemente ya no se siembra. Pero también dejaron de sembrar tomate, garbanzo, miltomate, zanahoria, rábanos, cilantro y el perejil.


El campesino Torres Pantaleón hace memoria y dice que por lo menos cinco o seis años atrás cosechaba 50 por ciento más de maíz de lo que obtiene ahora. Mira hacia el campo de su vecino, el cual parece abandonado y lleno de hierba seca.


Apunta hacia él y explica: “Ahora sólo acahual seco salió, pero ni para los animales, los animales sólo lo buscan cuando está verde. Creo que por eso y también ya los muchachos no quieren trabajar el campo. Ya no les gusta el campo, quieren donde haya dinero”.


Santa Rosa Buenavista: ¿agua? ni para consumo humano




Los pozos de agua se están secando; desde hace dos años la sequía ha vuelto sus campos improductivos. FOTO: Mario Jiménez Leyva

La escasez de agua en la agencia Santa Rosa Buenavista del municipio de San Sebastián Abasolo, ha llevado a sus pobladores, autoridades agrarias y municipales, a cavar más de 10 pozos, uno de ellos de 101 metros de profundidad en búsqueda del vital líquido. En ninguno de los casos tuvieron éxito.


Mientras tanto, los cerca de 500 habitantes se han conformado con acarrear el agua hasta sus hogares, desde las norias que tienen en la parte más baja de la población.


En noviembre del año pasado, las autoridades municipales de San Sebastián Abasolo iniciaron una obra de 2 millones 800 mil pesos con la cual pretenden abastecer de agua a los pobladores de esta agencia.


La obra consiste en galerías filtrantes que buscan captar el agua de los veneros del cerro y llevarla por gravedad hacia un depósito que está a la mitad de camino, y mediante tuberías llevarla a cada una de las viviendas.


“Nosotros dudamos que funcione, porque si escarbando un pozo a 15 o 12 metros no contábamos con el agua suficiente, imagínese de un manantial que es agua llorosa”, dice Florentino Salas.


Desea que sí funcione “porque el agua la necesitamos todos”, pero no deja de temer que pueda convertirse en una obra que sea “un elefante blanco”.

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