Los viajes alrededor del mundo y su estancia en las salas de lectura, de exposición o bibilotecas más exclusivas de México ahora sólo forman parte de los recuerdos del poeta Pablo Jacques, artistas que tomó a Oaxaca como refugio pero ahora ve pasar los días desde la banca de un jardín convertida en su hogar .
Decenas de libros son sus compañeros; cobijas y ropa apiladas en pequeñas maletas, sobre las bancas y el suelo forman su vivienda, luego de ser desalojado del cuarto que la Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca (UABJO) le otorgó por varios años.
Jacques, hombre de libros y libertad
La banca de un jardín se ha convertido en su hogar. FOTO: Carlos Hernández López
La tarde comienza a caer. El ligero aire mueve con suavidad las hojas de los árboles en el jardín El Pañuelito en pleno centro histórico de la capital de Oaxaca. Pablo se prepara la llegada de la noche, mientras busca algún libro que leer durante ese lapso.
Su imagen desaliñada no es lo que roba la atención de los paseantes; es la actitud con la que el hombre acepta su condición de vida.
De cabellos grises, pantalón de pana, zapatos blancos y suéter tras suéter, el poeta de manos ásperas acomoda con cautela su equipaje, busca una hoja y a través de ésta muestra su identidad.
“Sé que soy una persona interesante. Vienen y me toman fotografías ¡Pas! ¡pas! ¡pas! Si les interesa mi imagen, que lo hagan, a mí no me perjudica”, expresa sincero Pablo Jacques a los curiosos o las personas que, aunque sea de manera superficial, se acercan a conocer parte de su historia.
Maestro y catedrático
La vida le ha enseñado a sonreír, aún en los tiempos difíciles. FOTO: Carlos Hernández López
Más que dormitorio, su banca es una biblioteca; tanto lee a Manuel Maple Arce, como un semanario judicial de la federación.
“Me gusta de leer de todo”, dice el también catedrático de la Máxima Casa de Estudios.
Casi junto él, un grupo de jóvenes lo observan, tratan de ser disimulados, pero el poeta los descubre: “Aún así a mi edad, tengo muchas fans, en serio, me persiguen. Aquí vienen, me saludan”, confiesa con una sonrisa agradable.
Para Pablo Jacques, la vida continúa después de la expulsión que le aplicaron.
“Salí de la ciudad unos 20 días a dar un taller, cuando regresé mi cuarto estaba vacío. Eso era todo para mí, estaba lleno de acetatos, repleto de libros”, detalla con voz suave.
Los primero días, el hecho le incomodó, pero estar en la calle dice que no le afecta pues sigue teniendo el mismo pensamiento filosófico; es más, siempre ha vivido sólo, y no por falta de familia.
Larga vida
Luego de algunos minutos, el hombre comienza a repasar algunos capítulos de su vida. Uno de los principales son sus viajes por todo el mundo.
“He vivido mucho, me fui de Oaxaca porque era muy pequeño para mí. Ahora, sólo lo deja pasar”.
A través de barcos cargueros, el poeta recorrió dos veces el mundo. El puerto de Marsella, Francia fue la primer tierra que pisó del otro lado del continente y después de mucho tiempo, llegó hasta Rusia, en la era de la Unión Soviética, ahí “ancló” por ocho años.
“Tenía la mente abierta y los ojos llenos de nuevos horizontes y gente que nunca había visto”, expresa el hombre con un gran suspiro que lo traslada hasta aquellos años.
Pablo asegura que no necesitó de dinero para viajar, sino de su decisión por ir a lo desconocido.
El tallerista
Así, emprendió sus primeros viajes. En la época de la mochila, dice, se aventuró a recorrer México, a Centro y Sudamérica. A cada ciudad a la que llegaba iba a las universidades, ofrecía talleres y así resolvía su situación económica.
En el tema del hospedaje detalla: “Las personas me invitaban a sus casas, porque era un personaje”.
“Hay personas que después de muchos años de estudiar y trabajar se dedican a viajar, pera ya cuando lo hacen es con bastón, y yo no quise eso”.
Vio renacer a Oaxaca
Pablo Jacques ha visto de todo a lo largo de su vida, y el nacimiento de la época moderna de la capital no fue la excepción.
Cuando llegó a Oaxaca- de alguna parte del país, pues se negó a revelar de que estado es oriundo-, cuenta que la población era muy poca, las calles eran solas y tristes; pocos automóviles y calcula que apenas unas tres urbanos.
Por eso, “a veces camino en la noche o muy temprano, porque me gusta ver la ciudad como cuando llegué”.
El poeta llegó a Oaxaca por invitación de la periodista, escritora y promotora cultural oaxaqueña Arcelia Yáñiz.
“Ella me vio en una conferencia en el norte del país. Cuando llegué a Oaxaca di pláticas en la Casa de la Cultura, fui la sorpresa. No era para nada una poesía de mariposas, mariposas, no era poesía de moco y lágrima”
Entonces, el poeta vuelve a recordar a la Unión Soviética. “Yo había estado Rusia, ahí mismo fui aclamado, bueno, donde quiera que me he parado”, presume con orgullo finalmente el poeta, quien también abanderó decenas de protestas en Oaxaca.
Acepta beca
Una lengua de fuego se desprende de la puerta de la facultad de Derecho, en la UABJO. Ese día, por la mañana, fue la última vez que el poeta se encontró con sus alumnos.
El poeta viajero, fungió hasta el pasado 17 de noviembre como catedrático en la UABJO. Dice que su vocación estaba destinada a la humanización de los jóvenes.
La última vez que pisó su escuela, fue el día de la quema del edificio central de la Facultad de Derecho, en donde horas antes se había reunido con sus alumnos.
Pablo Jaques dijo que no le molesta recibir ayuda de los demás. Algunas personas se acercan a él para ofrecerle una torta o un refresco. “Si alguien quiere becarme, no rechazaré la ayuda, es bienvenida”, expresa sincero el poeta; sonríe y después regresa a su sillón de estar, para comenzar la lectura de esa noche.
