Conocida en la actualidad como la máxima fiesta de los oaxaqueños, la Guelaguetza forma parte de los cultos populares a la Virgen del Carmen razón por la que se celebra los dos lunes más cercanos a la festividad católica de esta advocación mariana, que se festeja el 16 de julio, así lo apunta Alejandro Toussaint, en su libro Guelaguetza, la gran fiesta de Oaxaca.
Esta fiesta también conocida como Los lunes del Cerro, ya que se desarrolla en el cerro del Fortín, desde donde se aprecia el centro de la ciudad de Oaxaca.
La palabra guelaguetza deriva del zapoteco guendalizaa, que significa cooperar, pero en su concepción más amplia es una actitud, una cualidad con la que se nace, un sentimiento por medio del cual el zapoteca ama a su prójimo, un sentimiento de hermandad, de compartir la naturaleza y la vida
Alejandro Toussaint
En su libro Guelaguetza, la gran fiesta de Oaxaca
Estas actividades denotaban un carácter básicamente regional, en el que la historia oaxaqueña se adaptaba a las nuevas visiones posrevolucionarias, respetando en el fondo los lineamientos generales de sus políticas, que exaltaban el pasado indígena.
Hoy en día la festividad ha cobrado otros sentidos y se ha diversificado su representación en distintos municipios, tanto de los Valles Centrales como de la Sierra Juárez y otras regiones. Celebrada en los dos lunes siguientes al 16 de julio, esta festividad reunía a la gente que solía acudir al cerro del Fortín para pasar el día, pues por la mañana era costumbre tomar el almuerzo en los puestos de comida ahí instalados, mientras que por la tarde se realizaba un paseo por el sitio.
El investigador Jesús Lizama, en su libro La Guelaguetza en Oaxaca, Fiesta, relaciones interétnicas y procesos de construcción simbólica en el contexto urbano da cuenta que en estas fechas los diversos sectores de la sociedad oaxaqueña, tanto los estratos más pobres como aquellos en mejores condiciones económicas, se daban cita en el lugar.
Sin duda era un momento en el que se reforzaban las imágenes que los diferentes grupos urbanos tenían dentro de sí mismos como de los otros que también participaban, puesto que a pesar de encontrarse en un mismo espacio geográfico, comulgando todas las clases sociales, estas no llegaban a mezclarse entre sí. Las crónicas que hablan de esta festividad de alguna manera lo manifiestan al describir a las personas que tomaban parte en ella
Lizama documenta que no se sabe con exactitud cuándo iniciaron estas festividades, pero quienes han escrito sobre las mismas resaltan su vinculación con festejos realizados en la época prehispánica, en honor a Xilonen, diosa del maíz tierno, que duraban poco más de una semana, además de otros en honor a Ehécatl, dios del viento, nombre que llevaba al cerro del Fortín (Audiffred et al, 1995).
"No obstante no existen crónicas que narren que efectivamente la costumbre de acudir al cerro los lunes siguientes al 16 de julio haya provenido de la época precolombina. Es por ello que algunos autores, como Cortés (1982) han indicado que las fiestas tienen su origen en la época colonial, después de las celebraciones religiosas dedicadas a la Virgen del Carmen y el contexto de las procesiones de Corpus Christi."
Escribe que uno de los procesos que promovió la transformación de esta fiesta fue el cambio de regímenes políticos, de 1810, que influyeron para que las actividades de carácter religioso en México no se siguieran desarrollando de la misma forma.
Más tarde, en la segunda mitad del siglo XIX, en un periódico local se da cuenta que el único objeto de ir al cerro del Fortín era para cortar azucenas silvestres, que abundaban en ese entonces. Ir al cerro era una ocasión especial, quienes se daban cita en este lugar llevaban sus mejores galas, estrenaban ropa e incluso portaban sus joyas más valiosas, lo cual hoy en día ha cambiado.
"Es en esta época cuando las referencias a su vinculación con las fiestas religiosas son menores y cuando se fue estructurando una forma de celebración de tintes más seculares. Sin embargo, el mayor impulso a calificar esta fiesta como típica, propia y auténtica de Oaxaca, se dio a partir de 1928, cuando tomó un cariz más regional. De Lunes del Cerro pasó a llamarse Fiesta de la Azucena (que no tuvo tanta popularidad) y en ella se pretendían rememorar las fiestas y costumbres de los pueblos precolombinos".
Jesús Lizama plasma que la Danza de la pluma se comenzó a ejecutar en el cerro, lo mismo que algunos concursos, como los de canciones o trajes regionales. Este periodo está incluido dentro del nacimiento del regionalismo oaxaqueño que se dio en el contexto de los años pos revolucionarios. Lo local fortalecía lo nacional a través de lo uno se llegaba al conocimiento de lo otro, escribe.
En los años 30 a los 50 se da una búsqueda por construir una fiesta auténtica y propia de Oaxaca. Después de dos décadas se comienzan a realizar las mañanitas al cerro del Fortín, se almorzaba allá y se asistía a las actividades en las faldas del cerro, principalmente en la Rotonda de la Azucena, el escenario erigido para que en él se llevara a cabo el Homenaje Racial en 1932.
En la publicación Oaxaca, álbum conmemorativo del IV centenario de su exaltación a la categoría de ciudad se da cuenta que el Homenaje racial se trató de una gran fiesta oaxaqueña de fraternidad, en la que las regiones del estado acudieron simbólica y significativamente representadas con sus atributos más preciados y genuino, a donde los asistentes llevaron sendos regalos para ofrendarlos a Oaxaca.
+DE
Lo que hoy se conoce como Guelaguetza antes fue bautizado con el título de Homenaje Racial. Actualmente la vocación, el sentido y la factura de este espectáculo ha cambiado, así como los personajes y regiones.
