En el panteón general de Santa María Atzompa brillan las flamas de cientos de cirios; esa luz debe permanecer encendida durante la noche del 31de octubre y la madrugada del 1 de noviembre para alumbrar el camino de los difuntos que arriban al mundo terrenal desde el más allá.
La tradición de la "velada" en el cementerio de esta comunidad perdura en el tiempo, y aunque poco a poco va cambiando en algunos aspectos, la llegada de los fieles difuntos es una tradición arraigada de la población.
Cada tumba en sus cuatro esquinas mantiene una veladora o cirio encendidos, y las familias se mantienen vigilantes de que no se extingan, porque la obscuridad podría hacer perder el camino de quienes están próximos a llegar.
Como cada año, cientos de personas se dieron cita en el panteón de Santa María Atzompa. FOTO: Emilio Morales
La tradición es prehispánica, una herencia transmitida de generación en generación, cuenta Vidal Torres Ruiz. "Aquí la creencia es que para asegurar la llegada de los difuntitos tenemos que alumbrarles el camino durante toda la noche o hasta que se extinga el fuego".
Las familias aseguran que amaneciendo llegan las almas de los "angelitos", aquellos que murieron siendo niños y que no pudieron haber cometido ningún mal ni pecado; y a las 12 horas del 2 de noviembre, los difuntos.
Don Vidal, de casi 60 años, recuerda que venir al panteón a velar a sus difuntos es una herencia de sus padres que mantiene presente porque es parte de su identidad como persona y de su comunidad.
Cuenta que desde temprana hora, los habitantes acuden con palas, picos, escobas y machetes a limpiar las tumbas de sus familiares, las adornan con flores de cempasuchil y cresta de gallo; mientras que a partir de las 21 horas empieza la concentración para iniciar la velada.
Don Vidal y esposa, hijos y nietos acuden a velar a su hija más pequeña que falleció a los tres meses de nacida; también a sus padres, tíos y uno de sus cuñados enterrados en tumbas contiguas.
"Es la forma en que les decimos que están presentes entre nosotros, que no los olvidamos y cada año siempre hay un lugar entre nosotros".
Mezcla de olores, sabores y colores
El olor a incienso invade el panteón y éste a su vez se mezcla con el aroma de cempasúchil y desde lejos una ligera, pero incomparable esencia a mezcal, la bebida que arregla el mal de males.
A la vista resalta el multicolor de las flores que adornan las sepulturas como recibimiento, para que las almas lleguen contentas y se vayan de la misma manera.
Hombres y mujeres permanecen al lado de los sepulcros para que ningún cirio se extinga y las almas se queden sin luz para arribar al mundo terrenal.
A la media noche, la vela se hace más amena con la banda de viento que acompaña con melodías para recordar a los que se fueron y que llegan este 1 de noviembre. La gente se pone a bailar o cantar, otros más se pierden entre copa y copa de mezcal.
Así, los habitantes de Santa María Atzompa permanecen en vela hasta que da el primer rayo de luz que indica el amanecer de un nuevo día.
Y es que en cada uno de los hogares hay un altar lleno de ofrendas a los muertos, variedad de frutas, pan de llema, chocolate, mole, el dulce que más le gustaba, aguas y hasta cigarro y mezcal, si era de gusto.
"En nuestra casa un altar los espera y en nuestra mesa, un lugar; es lo que nos enseñaron nuestros antepasados y no queremos que se pierda esta tradición".
Entre el recuerdo de los que se fueron
Micaela Reyes tiene 76 años. El tiempo ha dejado huella en su piel con arrugas que recorren cada parte de su rostro. Sola, sentada en la orilla de una de las sepulturas vela a sus difuntos.
La mujer tiene un semblante triste; sus ojos asoman lágrimas, pero no derrama ni una sola; esta noche se mantiene en guardia por la llegada de sus padres y tres hermanos. Prácticamente toda su familia.
Cuenta que quedó huérfana a los 12 años. Ella y su hermana fueron las únicas sobrevivientes, sufrieron para salir adelante sin su papá y su mamá. "Viví mi infancia sola con mi hermana, pero ella se casó muy joven y yo solo me quede en la casa pues nunca me casé".
El ambiente se llena de una mágica conbjunción de olores y colores. FOTO: Emilio Morales
Es artesana, lo demuestran sus manos curtidas por el barro. Tiene un ímpetu por la vida y ánimo por seguir adelante o hasta que Dios la llame. "Esta vida me ha dado mucho, nunca me casé, no tengo hijos, pero ya me acostumbré el día que nuestro Señor me diga que todo terminó no pondré objeción".
Con la mirada fija en la tumba de sus padres, evocando tal vez los momentos felices a su lado, Micaela se mantiene atenta y espera que las llamas de los cirios alumbren el camino de sus difuntos.
