Gerardo Gutiérrez Candiani / Colaborador
Los resultados de las elecciones presidenciales de segunda vuelta en Perú y Colombia confirman un giro de América Latina a la derecha. Estamos ante un nuevo mapa político, con predominio de gobiernos conservadores y de ultraderecha, producto de un electorado que, más allá de las ideologías, exige soluciones y está dispuesto a respaldar incluso propuestas radicales para lograrlas.
Quizá lo más relevante no es el cambio de tendencia a la derecha, sino por qué está ganando.
Como señala Daniel Zovatto, el reconocido experto en elecciones latinoamericanas, el viraje muestra una ciudadanía que, más que democracia, quiere lo que llama “eficracia”: resultados en los asuntos que más le preocupan y los retos prioritarios de sus países.
No los dieron los gobiernos de la segunda “marea rosa”, llegados al poder entre 2018 y 2022, y así de 16 elecciones presidenciales entre 2023 y 2026 –incluyendo las de Colombia y Perú–, la izquierda perdió 13. Solo retuvo México, ganó Guatemala y regresó en Uruguay.
Los de esta ola de derecha seguramente serán juzgados con la misma vara, mientras que haya democracia, pero, por ahora, su ascenso es un hecho. Argentina y Ecuador en 2023. Refrendos en Panamá y República Dominicana en 2024. En 2025, Costa Rica, Honduras, Chile y, rompiendo con casi dos décadas de hegemonía de Movimiento al Socialismo, Bolivia. Nayib Bukele gobierna El Salvador desde 2019 con una agenda de seguridad de “mano dura” con seguidores en toda la región.
Ahora se suman Perú y Colombia con Keiko Fujimori y Abelardo de la Espriella, ambos con menos de 1% de diferencia en votos frente a sus rivales y ofertas electorales coincidentes con los modelos de Bukele en seguridad y de Javier Milei en lo económico.
México y Brasil quedan como las únicas democracias con gobiernos de izquierda en la región, pero los brasileños van en octubre a otra elección altamente competida que analistas ven como “la madre de todas las batallas”: para un escenario de segunda vuelta, encuestas recientes otorgan al presidente Luiz Inácio Lula da Silva alrededor del 47% de la intención de voto frente a 43% de Flávio Bolsonaro, quien embandera las posturas radicales de su padre y expresidente.
Especialistas atribuyen el declive de la izquierda al desgaste en el ejercicio del poder, creciente inseguridad pública y falta de renovación de liderazgos, con dependencia de figuras carismáticas que en ciertos casos han intentado perpetuarse en el poder debilitando la democracia.
Resaltan el descontento por promesas incumplidas, escándalos de corrupción y una mezcla de estancamiento económico e inflación que ha golpeado a las clases medias, agotados los modelos dependientes de la exportación de materias primas que sostuvieron a la primera “marea rosa” en los 2000.
Es ilustrativo el voto de castigo a la gestión de Gustavo Petro, primer presidente de izquierda en la historia moderna de Colombia. Los principales factores y errores que han sido señalados coinciden con algunos de los que se dieron en el México del sexenio pasado y aún no han sido revertidos.
Llegó al gobierno impulsado por la esperanza de los marginados, pero muchos sintieron que las reformas sociales prometidas se empantanaron y tradujeron en ineficiencia administrativa y crisis de gobernabilidad. Su política de "Paz Total" –de diálogo con grupos armados– fue percibida como muestra de debilidad que fortaleció el control territorial de guerrillas y bandas. Además, terminó siendo víctima de la polarización que él mismo promovió: su retórica contra élites y el expresidente Álvaro Uribe unificó y movilizó a un electorado “antipetrista”.
Por si fuese poco, economistas alertan de una “bomba de tiempo” por el déficit fiscal que estiman supera el 7% del PIB, resultado de un incremento masivo del gasto por transferencias y subsidios, proyecciones de recaudación demasiado optimistas y una notable caída en la inversión privada por la incertidumbre regulatoria en sectores clave como minería y petróleo.
De la Espriella, quien rechaza la etiqueta de extrema derecha y se dice de “extrema coherencia”, ganó con una plataforma en el polo opuesto.
En seguridad, clasificación de terrorismo a grupos delictivos y guerrillas, megaprisiones, estados de excepción, policías con facultades extraordinarias de detención, operativos conjuntos con Estados Unidos, rechazo a los Acuerdos de Paz de 2016.
En economía, recortes al gasto público para contrarrestar la inflación y el déficit, así como reducción del Estado, junto con apertura, desregulación, reducción de impuestos corporativos, privatización de servicios y énfasis en dar certeza jurídica a inversores.
Nuestro país no está exento de este caldo de cultivo del giro regional a la derecha: ni de la polarización ni de la falta de resultados del oficialismo en factores clave.
Tampoco ha podido contra la inseguridad y el crimen organizado y, aunque su política de transferencias económicas a la población y alzas salariales ha sido un sostén de su fuerza electoral, la economía no crece ni a la mitad del promedio de la “era neoliberal”, con la inversión privada deprimida y la informalidad al alza. Como en Colombia, las políticas sociales contrastan con incrementos históricos del déficit que comprometen su sostenibilidad.
Por lo pronto, estamos quedando aislados ante la alineación regional con Estados Unidos en seguridad y lucha contra los cárteles del narcotráfico. 12 países suscribieron la iniciativa Escudo de las Américas de Donald Trump, quien califica a nuestro país como el epicentro del crimen organizado, y Colombia se unirá formalmente a partir de la toma de posesión de De la Espriella. De ganar en Brasil Bolsonaro, se consolidaría un fuerte eje ideológico continental.
En cuanto a la exigencia de eficracia y su relación con las alternancias hay una diferencia clave entre lo que ocurre en la mayor parte de la región y México, donde el oficialismo conserva una importante capacidad de movilización y ha eliminado diversos contrapesos democráticos.
La posibilidad de la alternancia –a la derecha o a la izquierda– depende de que subsistan condiciones de efectiva competencia democrática. Esto es de interés primario si queremos eficracia y democracia, ambas.
