Por P. Gregorio Gil Cruz Glz.
Evangelio: Jn. 20,1-9
El primer día después del sábado, estando todavía oscuro, fue María Magdalena al sepulcro y vio removida la piedra que lo cerraba. Echó a correr, llegó a la casa en donde estaban Simón Pedro y el otro discípulo, a quien Jesús amaba, y les dijo: “Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo habrán puesto”.
Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos iban corriendo juntos, pero el otro discípulo corrió más aprisa que Pedro y llegó primero al sepulcro, e inclinándose, miró los lienzos puestos en el suelo, pero no entró.
En eso llegó también Simón Pedro, que lo venía siguiendo, y entró en el sepulcro. Contempló los lienzos puestos en el suelo y el sudario, que había estado sobre la cabeza de Jesús, puesto no con los lienzos en el suelo, sino doblado en sitio aparte. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro, y vio y creyó, porque hasta entonces no habían entendido las escrituras, según las cuales Jesús debía de resucitar de entre los muertos. Palabra del Señor.
La Resurrección de nuestro Señor Jesucristo es el acontecimiento central de nuestra fe cristiana, así lo afirma San Pablo: “Si Cristo no hubiera resucitado, vana sería nuestra fe”; constituye el fundamento de nuestra de liberación. Hoy es el día de la manifestación más grande del poder de Dios al vencer al pecado, por fin el poder de satanás ha sido derrotado, la luz ha vencido a la oscuridad y Dios nuestro Padre ha resucitado a su Hijo del sepulcro, lo que parecía un abandono del Padre hacia el Hijo en el momento de su muerte hoy se confirma su gran amor. En la Resurrección de Cristo la victoria ha sido sobre el verdadero mal: el pecado, lo que da muerte.
En el relato de la resurrección que nos presenta San Juan, María Magdalena va al sepulcro y es quien va a comunicarles a los dos discípulos que el sepulcro está vacío. Comienza el día con un nuevo “amanecer”, aunque todavía “oscurece”, es decir que aún no brilla la luz de la fe. Para Pedro, el discípulo amado y María Magdalena, el sepulcro vacío, las vendas y el sudario son signos de que Jesús está vivo, son los ojos de la fe.
Pedro y Juan, los dos discípulos que acompañaron a Jesús en diversos momentos son quienes van a dar fe del gran acontecimiento. Juan que fue el que llegó primero pero no entró, al ver los lienzos y el sudario “vio y creyó”, para él fueron pruebas suficientes de la resurrección. El evangelio no da más datos, solo están ahí los lienzos, el sudario y la tumba vacía, pero esos signos son suficientes para que el discípulo logre ver más allá y sobre todo experimente y crea que Jesús ha resucitado. La resurrección es un hecho que exige la fe y la fe es un don de Dios, por ello, es el resucitado quien se da a conocer a María Magdalena para que ella lo pueda reconocer, es entonces cuando ella, llena de fe, regresa a compartir su testimonio de lo que ha visto y oído con el grupo de los discípulos.
Nosotros creemos que Cristo ha resucitado, que Dios ha vencido el mal, y eso nos fortalece a seguir luchando aún en los momentos en los que parece que el mal vence y se impone. Cuántas veces hemos experimentado el dominio del mal, pero no nos desanimemos al final del camino siempre vence el bien, con la resurrección, Dios nos da la certeza de que los poderes del mal son derrotados.
La resurrección, pues, es un dato de fe que nos interpela a una renovación interior de nuestras vidas, “si el grano de trigo no muere, no da fruto, pero si muere dará mucho fruto”, lo cual nos motiva a hacer un esfuerzo por resucitar diariamente con Cristo a una vida nueva, y no podremos resucitar si antes no le damos muerte al pecado, a todas las conductas y actitudes que ofenden y lastiman a los demás. Si no sacamos de nuestro corazón el odio, el rencor, el resentimiento, la envidia, la soberbia, la mentira y todo sentimiento malo, no podremos resucitar con Cristo a una vida nueva. Si seguimos esclavizados por el pecado, no podremos experimentar una vida en paz y una verdadera felicidad. Por eso nos dice San pablo: “Ya que han resucitado con Cristo, busquen los bienes de arriba, no los de la tierra… pongan todo el corazón en los bienes del cielo” (Col. 3,1s).
Que así como María Magdalena, Pedro, Juan y demás discípulos les bastaron las pruebas que vieron para poder creer, también nosotros podamos discernir y experimentar la presencia del resucitado en las formas en las que diariamente se nos manifiesta y al igual que ellos llenos de júbilo podamos dar a conocer a un Dios vivo que nos ama y que quiere que vivamos con dignidad una vida plena. Dios los bendiga. Felices Pascuas de Resurrección.
@PGil_Cruz
