Por Lubia Esperanza Amador
El domingo siguiente a la Navidad, celebramos a la Sagrada Familia, aquella en la que, por designio divino, vivió largos años el Hijo de Dios, “creciendo en sabiduría, en edad y en gracia, ante Dios y ante los hombres” (Lc 2, 52).
La finalidad de esta fiesta es evocar las virtudes domésticas que reinaban en la Sagrada Familia, a pesar de todas las pruebas que tuvieron que superar. Y es que, a dos milenios de distancia, podríamos caer en el error de pensar que la Sagrada Familia tuvo las cosas fáciles, pues siendo la familia del Hijo de Dios, ¿cómo iban a pasar dificultades? Podríamos considerar también que somos las familias de hoy las que no tenemos una vida resuelta, pues no todo lo tenemos bajo control en este mundo que cada vez es más consumista y frío. Pero si nos ponemos a pensar, la Sagrada Familia tampoco tuvo un camino fácil, sin preocupaciones, sin tristezas, sin retos; no tenían riquezas, no tenían lujos, ni siquiera comodidades ¿o ya se nos olvidó que el Niño Dios nació en un establo?
La Sagrada Familia, como nos lo enseñó San Juan Pablo II, transcurrió una existencia anónima y silenciosa en un pequeño pueblo de Palestina, fue probada por la pobreza, la persecución y el exilio, pero glorificó a Dios de manera incomparablemente alta y pura; y no dejará de ayudar a las familias cristianas, más aún, a todas las familias del mundo, para que sean fieles a sus deberes cotidianos, para que sepan soportar las ansias y tribulaciones de la vida, abriéndose generosamente a las necesidades de los demás y cumpliendo gozosamente los planes de Dios sobre ellas (Exhor. Apost. Familiaris Consortio).
El pasado primero de junio, Solemnidad de la Ascensión del Señor, 59 Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales y clausura del Jubileo de las Familias en Roma, el Santo Padre, León XIV, se dirigió a las familias y les dijo que ellas forjan el futuro de los pueblos; pidió a los esposos ser ejemplo de coherencia y amor que educa en libertad; les hizo un llamado urgente a redescubrir la vocación de la familia como santuario del amor fiel y fecundo; y, citando a matrimonios canonizados juntos, como los santos Luis y Celia Martin o los mártires polacos Ulma, sostuvo que “el matrimonio no es un ideal inalcanzable, sino el modelo concreto del amor entre el hombre y la mujer”; y "ese amor, al hacerlos ‘una sola carne’, los capacita para dar vida, a imagen de Dios". ¡Así sea!
