Por Joel Vicente Cortés / Colaborador
La nueva moda educativa es: Corea del Sur. Ese país que no mueve un dedo sin consultar a USA, pero que en educación combina disciplina, visión de Estado, conectividad universal y políticas coherentes… justo lo contrario de lo que solemos practicar por acá, donde cada secretario de Educación cree haber inventado la rueda —y luego la desarma para ponerle WiFi que no funciona.
Según el Banco interamericano de desarrollo (BID), Corea está revolucionando la región con su modelo educativo basado en inteligencia artificial, datos y maestros capacitados. La receta suena simple: invertir, planear, coordinar, evaluar… ¡pura ciencia ficción para nuestra Secretaria de Educación! (SEP) Porque siendo honestos: aquí seguimos atrapados en la etapa previa. No la del IA, sino la de YA-vienen las vacaciones, YA-opinó el secretario, YA-perdimos el archivo con los resultados de la prueba PISA…
La Corea real vs. la Corea imaginaria del BID. En el artículo original (National Agency Korea Education & Research Information Service.KERIS) se presume que en las escuelas coreanas docentes y máquinas colaboran para mejorar aprendizajes. Aquí nuestras escuelas, docentes y máquinas también colaboran… pero para sobrevivir al clima, al hacinamiento y al WiFi intermitente que prometieron en tres sexenios consecutivos. Corea invierte a largo plazo. México invierte a largo plazo, pero electoral. Corea tiene estrategias nacionales. Nosotros tenemos “planes piloto”, que es la forma elegante de decir “proyecto que morirá al final del sexenio”. (aunque la NEM sobreviva con oxigeno asistido de sus creadores)
Las cifras que enamoran (y que nadie quiere leer). Corea tiene un 98% de aprobación en secundaria y 70% de acceso a educación superior. Aquí, en cambio, tenemos conclusiones inesperadas: estudiantes concluyen la escuela sin saber leer bien; autoridades concluyen que la culpa es de la una pandemia, el clima; y la sociedad concluye que da igual porque “al cabo ya todo lo hace la IA”. Y sí, Corea usa datos. Datos reales. No esas tablas que maquilla la 4T para decir que “vamos bien”, mientras la mitad de los adolescentes no puede leer un párrafo sin pedir traducción simultánea. “Aprendan de Corea”, nos dicen —como si fuera tan fácil.
El espejismo de la “misión de aprendizaje” Los delegados latinoamericanos (y algun colado de la SEP) viajaron a Corea, visitaron escuelas modelo, se tomaron fotos con robots educativos y regresaron a sus oficinas convencidos de que ya sabían cómo arreglar el sistema educativo. La realidad es que en Corea las escuelas funcionan porque hay política de Estado, no política de marketing. Aquí seguimos atorados en el PowerPoint eterno: mucha diapositiva, poco presupuesto.
La lección que nadie quiere escuchar. El BID concluye que cuando educación e innovación avanzan juntas, “la oportunidad escala”. Y tienen razón. El problema es que en México innovamos con discursos, pero educamos con parches. Corea apostó décadas a la educación como prioridad nacional. Nosotros seguimos apostando a la educación como pieza decorativa de campaña.
Cerrando. Así que, admiremos a Corea. Tomemos notas. Citemos sus cifras. Hagamos seminarios, webinars y misiones de aprendizaje. Pero cuando termine el evento, y volvamos a nuestras escuelas con techos que gotean, libros que no llegan y presupuestos recortados, recordemos la verdad incómoda: No necesitamos robots para mejorar la educación. Necesitamos gobiernos que dejen de comportarse como zombis. Una alianza construida con experiencia.
Durante más de veinte años, el BID y Corea han trabajado juntos para conectar aulas, fortalecer capacidades y llevar innovación digital a estudiantes del continente. Con más de 30 proyectos conjuntos, esta colaboración ha introducido tecnologías de punta y modelos pedagógicos en sistemas educativos públicos. La historia coreana demuestra cómo la inversión estratégica en educación —especialmente educación digital— puede transformar un país. Sus aulas son dirigidas por docentes, basadas en datos y potenciadas digitalmente. La misión busca transformar innovación global en impacto local: cuando educación e innovación avanzan juntas, la oportunidad crece.
Comentario crítico final. El cierre es optimista, pero oculta una tensión clave: Corea invirtió durante décadas, de manera constante, con políticas de Estado no sujetas al ciclo electoral. México, en cambio, opera con políticas de gobierno, no de Estado. La verdadera lección coreana no es la IA: es la visión a largo plazo.
