Las calles de Oaxaca se llenaron de vida durante la Gran Comparsa del Día de Muertos, una de las expresiones más vibrantes de la identidad oaxaqueña. Desde la Fuente de las Ocho Regiones, el sonido de las bandas marcó el inicio de un recorrido que unió a miles de personas en una sola fiesta de color, tradición y memoria.
El aire olía a copal, pan de yema y cempasúchil recién cortado. Más de 50 contingentes avanzaron por la ciudad como un río de música y alegría. Marmotas giraron como soles danzantes, los carros alegóricos mostraron altares y símbolos de la vida y la muerte, mientras catrinas, diablos, alebrijes y calaveras llenaron de asombro cada esquina.
Las Chinas Oaxaqueñas bailaron con sus faldas elegantes y canastas floridas; los monos de calenda se asomaron entre la multitud, moviéndose al compás de los metales y tambores. A su alrededor, el público acompañó con aplausos, risas y fotografías que capturaban el espíritu de una ciudad que honra su pasado sin perder la alegría del presente.
Al caer la tarde, las luces se encendieron y el cielo se tiñó de morado. La comparsa continuó su paso entre música, faroles y cantos. En cada calle se sintió la presencia de los que ya no están, porque en Oaxaca la muerte no significa ausencia, sino una forma distinta de permanecer.
Así, la capital oaxaqueña volvió a rendir homenaje a la vida y a sus fieles difuntos con lo que mejor sabe hacer: celebrar.
