- Primera de dos partes
Por Dina Ramírez Gutiérrez
Hola, llámame O. Tengo 58 años. Quiero contarte que durante 18 meses me he sentido enfermo. Perdí el apetito, me cuesta conciliar el sueño y en ocasiones no logro dormir. Estoy irritable y por ello discuto mucho con mi esposa e hijos. Soy comerciante, pero hace 2 semanas que no salgo de casa, porque creo que mis vecinos dicen cosas de mí; mi libido desapareció, sufro de impotencia sexual; me da miedo olvidar como conducir, me angustia pensar que los clientes puedan preguntarme algo sobre el trabajo y no sepa qué responder.
Hace unos meses hubo una reunión en la colonia, donde discutimos temas de interés general. Cuando di mi opinión, un vecino echó por tierra mis argumentos, sentí que me dejó en ridículo enfrente de todos los presentes, nos hicimos de palabras y luego llegamos a los golpes, pero él dio el primero, y me detuvieron cuando se lo iba a regresar. Me llene de odio y vergüenza a tal punto que, desde entonces sufro los malestares antes descritos, conforme pasaba el tiempo, mientras soñaba con la venganza que no pude ejecutar, comencé a pensar en terminar todo, dejar de existir, un intenso deseo de estar muerto se apoderó de mí y surgió la angustia. Todo lo que está pasando ahora me hace sentir muy mal porque mi esposa e hijos están muy preocupados. Me hablan, me apapachan, hemos llegado a un punto en el que se desesperan y me regañan. Encerrado en mi habitación pienso en todo lo que he logrado tratando de validarme como hombre, pero no puedo, solo quiero morir.
Recuerdo que cuando tenía como 5 años jugaba con un chico que ayudaba a mi papá en su carpintería, a veces jugábamos bien pero cuando me hacía enojar yo tenía que pegarle para desquitar mi coraje, cuando no lo lograba enfurecía y buscaba por todos los medios hacerlo, porque si no, cargaba con esa furia qué no me dejaba tranquilo hasta golpearlo. Lo mismo me pasaba con mi padre, con frecuencia me hacía enojar “jugando” a que me golpeaba o quitaba cosas y me decía: “Pégame y quedamos a mano”. Así fue mi relación con los otros, en el kinder, primaria, secundaria, etc.
Hubo un médico que, habiendo realizado todos los exámenes posibles y debido a que no encontró algún daño en mi salud física, le recomendó a mi hijo llevarme con una psicoanalista, lo postergué lo más que pude pero un día ahí estaba, esperando a entrar. Me sentía muy ansioso y la verdad no quería ir, no sabía que iba a decir, de qué hablar con una completa desconocida, pero también ya no tenía fuerzas para oponerme a la voluntad de mi familia.
Quiero hacer un paréntesis para agregar algo muy importante en mi historia. Siempre he sido una persona que va por la vida haciendo lo que quiere, midiéndome con otros hombres, la docilidad no ha sido una cualidad en mí, sino todo lo contrario, entonces hacerse escuchar por alguien, sobre todo una mujer es un gran reto, y en parte me resulta humillante.
Continuará el próximo sábado…
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