Manuel Matus Manzo
El salvaje, alcanzado en plena carrera, cayó bocabajo, sonando la tierra, bien muerto el pendejo, con el corazón y los pulmones destrozados. Llanto grande el de la mujerona, la salvaja, al ver sin vida a su hombre, bueno, al salvaje.
Ya tirado aquel animal se veía tan grande que parecía un palo de palma tirado. La salvaja lo volteó boca arriba llorando y haciendo ruidos de todas clases, como entre chango y gente, saltando y pegándose en las nalgas con las dos manos.
—Tú fuiste, maldito Chico Pino— le reclamó. Él se extrañó de que lo conociera. De pronto, la salvaja se arrojó a sus pies, llorando.
—Ahora soy para ti, Chico Pino. Tú serás mi dueño, porque tú lo mataste!— le espetó. Dice Chico Pino que todavía lo estaba pensando cuando ella lo jaló y le ordenó:
—Ahora vamos a mi casa, ¡Irás! ¡Irás, Chico Pino!.
Ella se agachó y le ofreció el hombro en forma de tamama.
—¡Sube, pendejo! — le ordenó, y era porque ya lo tenía encima, con todo y escopeta, morral y demás vestimenta.
Caminaron por el monte hasta llegar a una casa vieja de palma y ramas secas. La salvaja cargando a Chico Pino. Al llegar lo bajó de un solo golpe. Entraron a la casa aquella. Le ordenó que se sentara. Dice el pobre que se acordó de Juliana en ese momento, nada más.
—Primero come esto— dijo la salvaja, ofreciéndole una rodaja de estiércol de vaca. —Y cuando termines, te comes esto otro— y señaló su sexo peludo.
¡María Santísima y Virgen de la Candelaria!
—Bueno— asintió Chico Pino, e hizo como que comía dice.
A la hora del acto —dice, tuvo que peinar primero los vellos púbicos de la salvaja y luego amarrarlos a su propia cintura, porque de otra forma no hubiera podido hacer nada, tantos y tan largos eran los vellos que guardaban su sexo. Salvaja al fin.
No supo si pasaron meses o años, pero —cautivado por los peludos amores de la salvaja— no regresó con Juliana. Ya estaba tan trastornado que ni se acordaba de ella. Una noche vio muchas luces; eran las antorchas de un grupo de gente encabezado por Juliana que ya lo había localizado. Por más que la salvaja quiso escapar llevándolo en sus hombros, lo rescataron al amanecer, trastornado, variable y voluble. La salvaja huyó a la montaña y no pudieron darle alcance.
Bien amarrado llevaron a Chico Pino a San Mateo.
Lo persogaron bajo un mezquite, y ahí estuvo más de quince días. La gente lo iba a ver como a un animal salvaje, y se compadecía. Dice que como a un perro lo trató Juliana, como a un animal salvaje que ya era, dándole de comer su caca y de beber sus orines, en su nariz le amarró un puñito de sus pelos que él mismo usaba. Así, hasta que otra vez la pudo reconocer: ¡Juliana! La misma que lo había arrancado de los brazos de la salvaja.
Eso dice Chico Pino que le sucedió en cosas de amores. Juliana nunca más lo dejó ir en busca de venados y ciervas.
Semblanza:
Manuel Matus Manzo (1949) es poeta, narrador, ensayista y promotor cultural. Cada año organiza en su natal San Francisco Ixhuatán el Encuentro de escritores y Feria del libro Otoño de la Palabra. Su más reciente título es La musa del Mezcal (1450 Ediciones, 2024). Santuario del sueño y otras mentiras (COLECCIÓN PARAJES, 2005) obtuvo el premio Nacional de Cuento, Mito y Leyenda Andrés Henestrosa 2004. De este libro tomamos el presente relato.
