Indalesio
07:36. Creo que no había escrito nada desde la prepa. A mano, pues, pero hoy es un día especial. Hace rato que llegué a esta pulcata a las faldas del volcán. Aunque llevo 7 años pasando en frente, es la primera vez que vengo. Al lado está la única tiendita de este pueblo a la que ninguno de mis compañeros le gusta venir a surtir, quesque porque el camino está muy pedregoso y les friega la suspensión. No saben de lo que se pierden; igual que yo, que no me había dado esta chanza.
No me quejo, mi vida es buena. Un trabajo másmenos bien pagado, dos escuincles y mi esposa, que son mi vida; pero con tanta cosa que se echa uno encima, apenas si da tiempo para darse un gusto y descansar. Por eso no le avisé ni a mi mujer. A los de la chamba les dije que se descompuso el camión; al fin que me lo cuidan mis anfitriones pulqueros. Eso sí, a mis chamacos pienso llevarles nieve, o ceniza, o lo que sea que encuentre allá en la cima. Desde que era chiquito quise subir estas lomas y hoy por fin se me va a’ser. “Es todo pa’arriba”, dijeron, no hay pierde. También me advirtieron que no le haga caso al viento entre los árboles pues es fácil pensar que son susurros. En fin, debo empezar a subir.
12:21. ¡No puedo creerlo! No importa dónde ponga los ojos, una mar de ocotes sacudidos por el viento, igualito a las olas del mar, se extiende hasta el horizonte. La humedad me cuece las narices, pero se siente bien, como si limpiara mi cuerpo desde adentro. No me había detenido porque las piernas no me querían dar un descanso. Ahorita mismo me hormiguean, como reclamándome la pausa.
16:43. Me senté a comer en una piedra, pero nomás pa’darme cuenta de que hace rato me acabé todo. Es que está repesado. Nomás termino de trepar una de las lomas que me separan del volcán, los ojos y las piernas me caminan solos. “Es todo pa’abajo cuando quiera usted volver”, dijeron, y como de bajada es 1/3 del tiempo que uno se hace al subir, creo que voy bastante bien. Al fin que uno no se muere por dejar de cenar un día y esta vista vale toda el hambre que uno pueda sentir. Una sola cosa hace que se me revuelvan las tripas: cuando volteo pa’trás, no alcanzo a distinguir entre arriba y abajo. Debe ser la altura, eso debe ser.
20:00. Me agarró la noche. Según yo, estaba a una media hora de la cima, pero seguí sube y sube y la cúspide nomás no se acercaba después de tres. El frío está recio. Tuve que rellenar mi ropa con los últimos zacates que encontré. Me refugié entre dos piedras gigantes que se alzan por encima del cielo. Abajo, la ciudad brilla como si fuera un cúmulo de estrellas apelotonadas mero en medio del valle. Mi esposa debe estar muy preocupada, igual que yo; aunque se me olvida en cuanto volteo arriba y se me inundan las pupilas con tanta luz de luna y de estrellas. No pasa de que se enoje un poco cuando me vea llegar por la mañana, oliendo a pino y ceniza, cubierto de hojas y lodo seco. Cuando le cuente mi aventura, seguro se le pasa en un dos por tres.
¿¡Amaneció!? y abajo la ciudad, que anoche brillaba intensamente, ya no está. Llevo varias horas rodeando la montaña para ver si alcanzo a verla desde cualquier otro punto pero el bosque la devoró completita. El sol no se mueve. Tengo miedo, pero los susurros del viento me acarician las orejas y su voz me tranquiliza. Como si tuviera labios y lengua, clarito lo escuché hace rato dándome la bienvenida aquí. Creo que ya no me quiero ir.
Semblanza:
Indalesio. Alejandro Iván Basurto Rangel, 33 años. Es ingeniero químico, escritor y cineasta independiente originario del Valle de México. La relación intrínseca que existe entre la naturaleza y los seres humanos son su más grande interés.
