Juan Carlos Cruz Rosas
Armando García Núñez señalaba, en un testimonio recogido por la revista Artes de México; “Armando García Núñez, poesía y verdad del paisaje” (1969), lo siguiente: “Desconfío de la pintura en que el asunto tiene la primacía, como desconfío del arte metido a predicador. La filiación de toda buena pintura es puramente estética, lo demás es retórica… no hay pintura social, religiosa, o política, como no hay pintura antigua o moderna, sólo existen la buena y la mala pintura”. Y condenaba la fácil substitución de los arduos problemas artísticos por el disfraz de pintura que adoptan el folclor mercantilista y el patriotero.
Por esta expresión de riguroso trabajo pictórico y de disciplina para llegar a convertirse en un verdadero profesional y no un oportunista, aunado a la distancia que guardó siempre con el movimiento nacionalista y a la sinceridad en el hacer artístico, el pintor oaxaqueño ha sido desdeñado por el interés publicista más atento a los temas novedosos y el brillo, mucho menos a la aceptación de quienes se encuentran comprometidos en algún movimiento vanguardista.
Por supuesto, no es un hecho casual que un pintor cuya trayectoria abarca medio siglo y cuya producción superior rebasa los quince mil cuadros, no haya sido jamás invitado a las exposiciones oficiales, ni tenga un sitio en los libros de arte o en las revistas de divulgación de los valores nacionales injustamente preferidos, fuera de la mención escueta de su nombre en listas grises que consignan herméticamente al personaje como lo haría un obituario.
“Instalado en la capital de la república con su familia, salía cotidianamente de su domicilio en Santa María la Ribera al campo abierto, en las inmediaciones de la Villa de Guadalupe, donde los suburbios de hoy han borrado todo vestigio campestre. No son las vastas perspectivas, las amplias vistas del valle, el asunto de su predilección. Es la notación atmosférica, la revelación del color, el sentido lírico-valorativo de la naturaleza con que el pincel rastrea y fija finalmente, la esencia de un estado interior. La imagen objetiva que elige es comúnmente trivial: la llanura desierta, el reflejo del agua, un gajo de verdura.”
La perenne dialéctica que en la historia de la pintura se establece entre la forma y la luz, entre el color y la línea, sugiere como desenlace el equilibrio y la armonía de esa rivalidad y aparente antagonismo. Porque el paisaje ambiental puede apurar la forma sin mengua de los valores lumínicos, como el paisaje formal puede insistir en el toque atmosférico sin disolver su estructura en tonalidades dispersas.
García Núñez opta por esta solución conciliadora que transforma al elemento estructural, firme, tangible y circunscrito del paisaje, recoge amorosamente el elemento aéreo, fluido y versátil, sensible en la naturaleza. Alejado del deseo de la forma y de la pasión por la luz, de los valores táctiles y de los puramente visuales, García Núñez busca expresar una sensación, un sentimiento, un estado de conciencia en síntesis de tonos, colores y líneas.
Alboradas y ocasos, arquitecturas rupestres y espejos de agua, personas en faena, tonos y luces variables con la hora del día, la densidad de la atmósfera y la dulzura o acritud de la estación, han dejado en sus notas de color esa elusiva calidad que, sin excluir la representación real del hecho o del lugar, trasciende la notación directa y positiva del paisaje, revelándonos su sentido lírico y poético esencial. Sin embargo, Armando García Núñez murió a la edad de 82 años en la oscuridad y el silencio, aunque yo proclamaría que se convirtió en un paisaje.
Semblanza:
Juan Carlos Cruz Rosas (Oaxaca, Oax., 1966) Periodista, editor, ensayista y narrador. Ha sido fundador y coordinador de publicaciones culturales y editor de libros. Autor de una biografía novelada sobre el músico Macedonio Alcalá (1989). Su más reciente título es Isaías el flojo y otros cuentos (Octubre ediciones, 2024). Agradecemos a Armando Pahlevich García, nieto del maestro García Núñez, las dos fotografías que acompañan esta nota, mismas que hizo llegar a través del autor y crítico de arte Jorge Pech Casanova, a quien también agradecemos el interés por la reivindicación de la figura del pintor oaxaqueño.
