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El lector furtivo: Cartas a Theo: Escribir desde la locura

vincwent
Foto(s): Cortesía
Redacción

Rafael Alfonso

 


Un hombre con barba roja y un oído menos pinta girasoles que parecen llamaradas. Los cipreses se retuercen, como almas en pena y en un cielo nocturno danza un remolino de estrellas. El nombre de Vincent Van Gogh quedará grabado por siempre en la historia de la pintura universal, merced de los exorbitantes precios de sus obras y de sus aportaciones a un movimiento impresionista al que se adscribía con reservas.

Nació Van Gogh el 30 de marzo de 1853 y murió antes de los cuarenta años. Comenzó muy joven a laborar en una compañía dedicada al comercio de obras de arte, donde un tío suyo era socio. Este trabajo le permitió vivir en Londres y en París y conocer el Arte que se estaba realizando en Europa. Sólo hasta que fue despedido de la empresa, inició su breve camino en la pintura. En 1880 comenzó su formación y sólo vivió diez años más.

Vincent Van Gogh, no solo fue un pintor revolucionario, sino también un escritor de alma poética. Las cartas a su hermano Theo, escritas en diversos periodos de su vida son un testimonio de su genio y su tormento; aunque lejos están de ser consideradas obras maestras de la literatura epistolar, pues gran parte de estas tratan asuntos domésticos como pagos, el trabajo en un huerto o la disposición del mobiliario. Sin embargo, adentrándose en ellas encontramos también asuntos de mayor interés como su amistad con Paul Gauguin y las continuas reflexiones que Van Gogh tiene de su propia obra. En estas cartas, el pintor se desnuda revelando sus pensamientos, sus sueños, sus miedos y la frágil conexión con el mundo que lo rodeaba.

Es de todos conocido que el artista luchaba contra la oscuridad de su propia mente. Sus cartas reflejan esa lucha, pero también su inmensa capacidad para encontrar belleza en lo aparentemente insignificante.

 

Aunque Van Gogh escribe cosas como “A menudo pienso que la noche está más viva y más ricamente coloreada que el día”, yo pondría más atención en la forma en que escribe sobre su trabajo. Las cartas nos revelan a un artista comprometido, no sólo con la técnica, sino con el discurso formal del Arte, es decir, en su obra no hay arbitrariedad ni arrebato delirante, como artista es perfectamente consciente de lo que quiere hacer con cada pincelada y cada color: “Creo que, de estas dos telas de cipreses, aquella de la cual hago el croquis será la mejor. Los árboles son muy grandes y macizos. Un primer plano muy bajo con zarzas y malezas. Detrás de las colinas violetas un cielo verde y rosa con una luna creciente. El primer plano sobre todo está muy empastado, con mechones de zarzas que tienen reflejos amarillos, violetas y verdes”.

Y luego pasamos de la sensatez a la parte donde Vincent se come la pintura amarilla “para sentir el sol en su interior” o donde se arranca la oreja de un cuajo. Las cartas a Theo no cesan, incluso se hacen más frecuentes en sus estancias en el asilo de Saint-Remy, donde estuvo internado: “Quisiera decirte que creo que hice bien en venir aquí; primero, al ver la realidad de la vida de los locos o tocados en este circo de fieras, pierdo el vago temor, el miedo a eso. Y poco a poco puedo llegar a considerar la locura como cualquier otra enfermedad”.

A pesar de lo ahí escrito, Van Gogh no abandonó los intentos de suicidio. Murió joven, tras un paseo por el campo. Distintas teorías van de la muerte natural al asesinato, pasando por el suicidio; lo cierto es que murió en la oscuridad y en el olvido. Su obra pictórica sigue haciendo felices a artistas, amantes del arte y mercaderes de todo el mundo; sus cartas nos permiten acercarnos a su genio y su humanidad.

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