Sandra Faviola Aguilar García
El veredicto fue emitido: seguramente se trataba de un severo déficit mental.
Todos la rodeaban asustados, se tapaban los oídos ante sus gritos descomunales. Ya la habían catalogado como peligrosa, irritable, agresiva, autodestructiva e incapaz de comprender cualquier argumento. Entonces ¿qué les detenía a mandarla a su casa?, sin embargo, estaban hechizados bajo el brillo que emitían esos hermosos ojos de color azul brillante.
La niña parecía un pajarito caído del nido: puro hueso, pelito fino, delgado, seco; más que hostilidad, bajo sus alaridos percibí el miedo, ¿cómo no tenerlo? si esos gigantes con ropa blanca la acababan de “agredir” con agudos piquetes. Sin embargo, su mirada de mar caribe atravesaba el alma haciendo percibir sentimientos, más allá de las palabras.
Mientras, los libros de lustrosos colores, el papel y los crayones hacían su magia poniendo un cebo a la curiosidad de la infanta, la ciencia la observaba atentamente y ponía en juego su herramienta más poderosa; el conocimiento. Empieza a aparecer la anamnesis.
Su mamá, quien en realidad no es su madre; la vigila con infinita ternura y como cascada brotan sus pesares en amena plática. El dios Asclepios regala una hipótesis, pero al final quien se lleva la corona de laureles es un mortal de apellido Waardemburg.
Hoy esos ojos de mar caribe aún se pelean con los entes de traje blanco porque ya sabemos que es muy, muy lista y no le gusta el dolor. Su mamá encontró las respuestas que buscaba, con paciencia y amor infinito, ambas encontraron la manera de darle voz al silencio pues saben que no están solas.
Cada vez que Anita viene a vernos, me roba el corazón al reflejarme en los ojos más bonitos del pueblo, sé que el mar está en calma y que nada apagará la luz de esperanza que brilla en ellos.
