Antía Alfonso
El vestido manchado de sangre ha hablado, dice que el amor nunca ha sido lógico y que los coyotes han vuelto. En la penumbra, Laura Aldama cuenta su testimonio, que empieza con el revés de una postal y los pedazos rotos del tiempo. La culpa es de los tlaxcaltecas desde hace quinientos años, cuando aquel ataque dejó tantos cuerpos ahogados en la periferia de una urbe ahora densa, cuando la casa indígena se prendió en llamas calcinando por igual a personas y a dioses.
Imagino ahora mismo a Elena Garro viajando en el tiempo, tratando de entender y concebir su presente a través del pasado y de las letras. En esta búsqueda no sólo cuenta una historia fuerte, sino brinda a las palabras nuevos significados en una especie de reivindicación del lenguaje. La derrota deja atrás, aunque sea momentáneamente, su relación con lo indigno y lo humillante, la traición se viste de libertad.
Todo esto queda manifiesto en Laura, mujer mexicana de los años sesenta que, además de debatirse entre dos hombres, se siente incomprendida por su propia época y encuentra más emoción en un pasado distante (con todas sus nostalgias y riesgos) que en aquel presente que le resulta ajeno. Quizás por eso a menudo culpa a los tlaxcaltecas; porque cree ser una de ellos, quienes creyeron encontrar algo parecido a la libertad dándoles la espalda a sus coterráneos para unirse a los forasteros y sus promesas de autonomía.
La culpa es de los tlaxcaltecas es un testimonio de las guerras olvidadas, una conjugación precisa de los tiempos verbales, donde los escenarios están puestos desde el primer renglón y sólo hace falta desatar poco a poco su estambre atmosférico. Es la historia atemporal de una malinche alrevesada con la que cualquiera puede identificarse; además, es muestra excepcional de la narrativa de Garro, una mujer que tampoco parecía pertenecer a su tiempo.
