Por Antía Alfonso
El pueblo de Ixtepec se narra a sí mismo. Es un ente atrapado en el tiempo que; sin embargo, se transforma a medida que éste avanza sin evitar volver sobre sí mismo. Podría hablarse de él como un testigo omnipresente de las vidas, los anhelos y miedos de sus habitantes. La irrupción de la tropa federal en el contexto revolucionario de los años veinte es el suceso que desencadena la acción, específicamente la obsesión unilateral del cruel general Francisco Rosas por Julia, a quien sabe ajena a pesar de sus esfuerzos por controlarla. Son precisamente las mujeres del lugar las que hacen funcionar el engranaje de una narración que tiene como motor cuestiones tan actuales como el abuso de poder, la misoginia o el despojo ejercido históricamente hacia las comunidades indígenas.
En su novela “Los recuerdos del porvenir” (1963), Elena Garro sienta las bases de un género literario que otros autores hacen célebre más adelante, el realismo mágico. Las razones por las que su obra ha sido relegada son diversas; podría hablarse del machismo en el mundo intelectual de la época, del encasillamiento que vivió durante toda su carrera como la esposa de Octavio Paz y la amante de Bioy Casares, de las acusaciones de que formaba parte del movimiento comunista que buscaba derrocar al gobierno. Lo cierto es que es hora de reconocer ese talento voraz que exploró no solo el género narrativo; también el periodístico, el lírico, el dramático y el cinematográfico, algo que pocos autores (incluso en la actualidad) han logrado dominar.
Encerrados en un contexto aparentemente inmóvil, los personajes son víctimas de una calma opresiva mientras Ixtepec se complace en secreto con la desgracia de su antagonista, incapaz de obtener lo único que su corazón desea: el amor de una mujer casi fantasmal, colmada de una resignación propia de los que no tienen nada que perder. “Los recuerdos del porvenir” se equipara a la historia de la propia Garro, reducida a una piedra que, sin embargo, siempre tiene algo que contar.
