Rafael Alfonso
Lo primero que habría que apuntar ante título tan escandaloso y deliberadamente provocador, es que una aseveración de tal naturaleza es, por lo menos, temeraria, tanto como decir que la décima musa no era heterosexual. Hasta donde llega mi ignorancia, no existe evidencia documental que permita afirmar categóricamente una cosa u otra, tendríamos que partir de aquí.
Ahora que cuento con su atención, vayamos un poco más allá; Sor Juana tampoco era feminista; era, sin duda, un personaje extraordinario, pero era también una mujer bien consciente de su tiempo y su circunstancia, y de ellos sacó el provecho necesario para llevar a cabo su obra.
Es de todos sabido que una mujer de la calidad de Sor Juana, hija natural de criollos y cuya madre era dueña de una hacienda, una vez que pasa por la corte virreinal, tenía de dos sopas para elegir cómo sería su vida adulta: matrimonio o los hábitos.
Sor Juana, quien había maravillado a la corte novohispana con su talento, elige los hábitos, sabedora de que el matrimonio asfixiaría sus inquietudes intelectuales. Ante la imposibilidad de llevar a cabo estudios formales, la joven Juana Inés halló en el convento no sólo un refugio para sustraerse de un estado que (por usar una palabra de la época) aborrecía, sino que vislumbró en el convento un lugar idóneo para desarrollar las inquietudes intelectuales que la atravesaban.
En esto habría que tomar en cuenta que es gracias a la iglesia, a la vida conventual y en particular a la orden de las jerónimas, que tenemos obra de Sor Juana, y no a pesar de ellas, pues la monja hizo uso de su infraestructura, su biblioteca y de su patrimonio artístico para llevar a cabo su escritura.
En el convento, Sor Juana vivía en una celda de dos pisos, contaba con sirvientes y podía recibir visitas, en particular de sus mecenas los virreyes, de los que era favorita. Este estilo de vida parece más beneficioso que una beca vitalicia de la Secretaría de Cultura; podríamos imaginar lo feliz que se pondría cualquier poeta si fuera becado de por vida para crear sus versos; quizá más de uno brincaría de gusto, aunque claro, para un habitante del siglo 21, apartarse del mundanal ruido, aunque sea para realizar el sueño de su vida, podría parecer un precio demasiado alto por pagar.
Una constante en figuras trascendentales como Sor Juana, es que bajo la mirada de este siglo puede darse el curioso fenómeno de que cada quien vea lo que quiere ver. Así, no falta para quien Sor Juana no sólo es una apasionada amante de su mismo sexo, sino también una feminista militante, pero tampoco faltará quien pretenda canonizarla o reivindicarla como precursora de las letras de los pueblos originarios –con eso de que sabía náhuatl– o como la primera científica mexicana; hay Sor Juana para todos los gustos.
A pesar de esto, habría que tomar las cosas con calma, pues, si con trabajos se trata de precisar su fecha de nacimiento –se conviene que nació un 12 de noviembre, pero se duda del año–, mucho menos podemos tener seguridad sobre sus sentimientos y deseos más íntimos y cómo daba cauce a los mismos, sobre todo tomando en cuenta que, como ella misma declaró, nunca escribió papeles personales sino que siempre lo hizo a petición de otros.
