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Andador de Letras: La corona de espinas

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Foto(s): Cortesía
Redacción

Rosario Sampablo 

La velocidad a la que viajamos agranda el vacío en mi estómago y a mis 12 años, me hace sentir más pequeña de lo que realmente soy. Papá conduce igual que siempre, empuja su pie derecho al fondo del acelerador y yo me encuentro dando tumbos de un lado a otro, igual que lo hace una canica dentro de una botella. Mamá, sentada en el lado del copiloto, guarda silencio. Ella, que es un cascabel, se ha quedado sin palabras. Tengo la ilusión de que sabe lo que ha hecho y quiero creer que no se lo perdona. 

Voy a vomitar otra vez. No, no, no, no, por favor. ¿Por qué se me pegan los olores? ¡Qué asco!, siento escalofrío. Creo que me voy a morir. Es como si algo en mi interior, o mejor dicho, alguien, como una sombra muy roja me empujara desde adentro de mí para sacarme de mi propio cuerpo.  Mi abuela me regaló esta moneda de cobre, dijo que la mordiera muy fuerte cuando necesitara gritar y que me haría sentir mejor, pero no funciona. Me quiero dormir para no despertar. Tengo sed, pero mi estómago está enojado y no consiente el agua, ni siquiera una semilla de calabaza. ¡Ay, Diosito!, Regrésame a mi casa y quítame esta enfermedad. ¡Wow! ¡Qué hermoso! Nunca había visto un vómito tan amarillo. ¿Cómo no viene Alejandro  para llenarlo de este fosforescente líquido?, capaz que se vomita también. Si él hubiera sido niña, sin duda sería la consentida de mamá. “Alejandra para reina del pueblo”.

Odio ser yo, y llamarme Jesusa. Traigo los ojos hinchados, la nariz roja y la ropa salpicada de amarillo,  mamá me ordena dejar de llorar y parar con el drama:

—Cualquier niña en tu lugar estaría muy contenta. 

—Pues hubieran pensado en cualquiera de mis hermanas o de mis primas para este numerito— pienso para mis adentros.

Papá tiene que detener el coche por  novena ocasión y su mirada irritada se clava sobre mi miseria:

—¡Dale una bolsa para que saque las tripas! ¿A qué hora nos esperan? 

—Ya vamos tarde, no pensé que doña Melindritos se fuera a poner así. No traigo  más bolsas de nylon. 

Creo que encontré la manera de escapar, puf y justo ahora no viene mi hermana Nela, tendré que hacerlo sola. Nunca nadie volverá a decidir por mí. Pongo la mano en la manija. Voy a contar hasta tres y voy a abrir la puerta, saldré volando del coche como una mariposa, está decidido. Mi madre, como si pudiera leer mis pensamientos, me dice:

—Quita la mano de ahí, que se puede abrir la puerta y vas a salir volando. ¿Qué no piensas? La cabeza no está hecha sólo para peinarse, bueno, en tu caso eso no aplica. Te encanta andar mechuda.

No quiero ser Reina del pueblo, no quiero ganar, ojalá nunca hubiesen puesto mi nombre en la lista de candidatas. Odio que la gente me mire, no me gustan las ceremonias, ni las fiestas, no me gusta sentarme hasta adelante, no me gustan los vestidos, ni las muñecas, ni las coronas. Si tuviera que decidir ser algo en la vida, decidiría ser un duende o viento o cualquier cosa invisible.

Semblanza

Rosario Sampablo. Actriz, docente y creadora escénica oaxaqueña con formación en Artes Escénicas y Educación Especial. Desde 1992 ha participado en más de 50 puestas en escena, principalmente actuando, pero también dirigiendo. En 2022 escribió y actuó el poema escénico "Una mujer en la burbuja". Actualmente forma parte del elenco de Fin de partida con la Compañía de teatro El Ghetto (CDMX) y de 28 metros sobre el nivel del mar, de la compañía Pelo de Gato (Oaxaca).

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