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Andador de Letras: Xuu | Última de dos partes

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Foto(s): Cortesía
Redacción

 Dedicado a la muchacha del albergue

En medio de la luminosidad lamosa chispeó el perfil metálico del librero que se desplomaba sobre mí y volví a la alerta; alcancé a golpear con la mano el costado del metal, lo envié hacia un lado y evité que sus filos me alcanzaran; se derrumbó fracturado entre mi cama y la puerta y, a pesar de que había bloqueado mi única salida, respiré con alivio bajo una sábana de polvo, libros y pintura acrílica. 

—¡Ya nos cargó la chingada!- decía en medio de la angustia, apretaba los dientes y hablaba con los ojos, con la respiración, con el ceño fruncido; en tanto, me aferraba al colchón que amortiguaba mi cuerpo zarandeado por el sismo. La cama se alzaba y rebotaba en el piso. Era como ir sobre el lomo de una bestia prodigiosa, sobre un quimérico tren de ruedas triangulares. 

—¡No mames, se va a abrir la tierra!- dije o pensé o imaginé que dije. 

Y es que el ruido era como eso, como uno se imagina que sonaría la tierra al fracturarse, al partirse desgarrada. No sabía cuánto tiempo había pasado, la resignación iba tomando forma lentamente, era como estar colgado de una liga que se estira y se contrae, se estira cada vez más y se contrae, y uno sólo espera el momento en que llegue a su límite, que no resista más y se reviente. 

—¡No mames, ay cabrón! ¡No puede ser! Puta madre, ahora sí se va a acabar todo. ¡Hijo de la chingada! ¡No mames! Me cae que ahora sí es el fin del mundo, es demasiado, creo que hasta aquí llegamos. ¡Yaaaa, no juegues! Esto se acabó, esto se acabó, me cae. 

Era el miedo en toda su expresión, el miedo en cada célula del cuerpo, entreverado con la impotencia ante el poder de aquel monstruo insensible de la naturaleza. 

Cada vez más el miedo se hibridaba y se fundía con la aceptación.

De pronto, para volver a meternos en el horror, el terremoto dejó de sacudirnos. Se detuvo un instante largo que no alcanzó para un respiro, tan sólo para regresar, succionarnos con él y arrancar con nueva fuerza y forma, esta vez como una pirinola fuera de eje, girando y oscilando, ahora arriba, ahora abajo, girando. El piso, la tierra, el planeta, todo era dúctil, plástico, maleable.

Una enorme serpiente ondulante se movía bajo el suelo, vivíamos en una alucinación viendo cómo lo sólido se reblandecía y se moldeaba al capricho de esa fuerza. Era un mundo de plastilina en giros de luz verdosa y vacilante que nos bañaba desde el cielo. 

Estábamos en un sueño pegajoso, atrapados, sin escape, hipnotizados con aquella pesadilla, caía lo no caído, oscilaban mareados los objetos como borrachos en pasos dubitantes, para luego precipitarse igual que el agua al irse por el caño. Todo parecía una metáfora al borde del abismo, un remolino de pensamientos que nos arrastraban al vacío. 

Ya no importaba cuánto tiempo había pasado, ¿uno, dos, tres minutos? A esas alturas no importaba, sólo estábamos, ¿estábamos? Yo aún estaba. 

La aceptación como un agua mansa permeó mis pensamientos, la resignación me fue cubriendo y amparando con relativa paz, vivía sin voluntad en la palma de aquella mano inquieta del terror, esperando el final para escapar de esa tortura, el fin fuera cual fuera, pero que ya terminara. El fin en cualquier sentido, incluso el de la muerte.

Lo único deseable y anhelado en este punto: El fin.


Semblanza

Gustavo López. Compositor, poeta, trovador y artista plástico juchiteco. Sus canciones han sido interpretadas por Mercedes Sosa, Susana Harp y Los Folkloristas, entre otros. El pasado domingo 22 de septiembre celebró sus 50 años de trayectoria musical, en el Teatro de la Ciudad, Esperanza Iris, en la CDMX.

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