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Andador de Letras: La llegada del tren a la estación de La Espera

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Foto(s): Cortesía
Redacción

Rafael Alfonso

Tras una larga noche, la más oscura de la que se tenga memoria, una mañana fría y teñida de gris se asomó a la estación. Los andenes se encontraban semi vacíos y los pocos pasajeros que ahí esperaban parecían desprovistos de la prisa y de la emoción propias de los viajes. Algunos niños, quizá por estar muy abrigados, bostezaban de la mano de sus padres que esperaban sonámbulos alguna señal.

Él era un hombre joven, aunque lucía una barba descuidada. Ocupaba una banca desde la cual fijó su mirada inquisitiva en las vías del tren, como si los rieles guardaran la respuesta a un enigma de siglos. Ya que todos los pasajeros se desplazaban en silencio, fue imposible ignorar el discreto taconeo que se aproximaba. Una mujer, cuyo cabello oscuro caía sobre sus hombros, entró parsimoniosa por los andenes. Carecía de equipaje, llevaba consigo solamente el bolso de mano, lo que anunciaba un viaje corto. Cuando tomó asiento en la misma banca, él se percató de que su mirada era profunda como un pozo sin fondo. 

—Buenos días— dijo ella.

—Buenos días— respondió él, y después guardaron silencio, como un par de tumbas.

Entre la pareja de extraños, aquel saludo inicial, antes que abrir una puerta a la conversación, pareció dar paso a la sala de una biblioteca custodiada por un guardia severo; sin embargo, tanto el uno como el otro eran conscientes de su proximidad.

Como el hombre joven ya había elegido las vías para fijar su mirada, ella se quedó viendo al techo. No pensaban nada en realidad, solo daban esa impresión. Estaban verdaderamente concentrados en mirar lo que tenían frente a sus ojos. Él podía ver cada durmiente y la textura increíblemente rugosa de los rieles, incluso se percató de algunas irregularidades en su alineación. Ella, con la vista en el techo de gruesa lámina, advirtió unos pocos agujeros imperceptibles a simple vista y caca de paloma en los travesaños. 

El tren venía con retraso y la espera se prolongó. Durante ese tiempo, el hombre volteó a mirarla un par de veces. Ella lo hizo solo una vez, pero mantuvo la vista en él por un tiempo más largo. Lo inspeccionó del todo, pero sin un interés particular. A medida que el tiempo pasaba, varias almas comenzaron a hacer acto de presencia en la estación arrastrando maletas y otros enseres. Al poco tiempo, los andenes se llenaron de una multitud gris y silenciosa. Unos pocos niños comían golosinas descoloridas sin dar muestras de placer, mientras que los adultos, con la mirada perdida, observaban un horizonte imaginario en el muro de enfrente. Después regresaron a ver lo que cada uno estaba viendo.

El tren arribó por fin a la estación, aunque llegó en cámara lenta, como un sueño. Con una calma inusitada, los pasajeros fueron subiendo en un orden que parecía convenido de antemano. Él y ella se pusieron de pie y se acercaron a los vagones, como si hubiera un premio para quien llegara al último.

—Hace frío—dijo él.

—Quizá dentro del tren haga calor— respondió ella sin haberlo pensado. 

Y con más resignación que entusiasmo, se tomaron de la mano para abordar.

Semblanza

Rafael Alfonso. Egresado de la carrera de Humanidades con terminación en Literatura de la Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca. Ha escrito principalmente narrativa, dramas y textos de divulgación. Colabora semanalmente en este medio con la columna "El lector furtivo", desde la cual practica reseñas de libros, autores y otros temas afines.

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