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Andador de Letras: El torneo de pesca (fragmento)

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Foto(s): Cortesía
Redacción

Francesco Di Benedetto

Mientras tanto, los cuatro jóvenes se dirigen hacia la playa Marinero. Caminando al borde del agua, costean la playa y, pasando a la altura de la bodega del café, siguen más adelante hacia Puerto Piedra. Allí, bajo el faro, al reparo del oleaje, están las lanchas.

—Se ve muy fuerte el mar —observa Manuel—. ¿Siempre es así?

—No —contesta Nacho, ya sacando la lancha al mar—, en este mes de noviembre está tranquilo. En otros meses, las olas son tan altas que no nos dejan salir.

Tico y Manuel se miran con algo de temor, pero enseguida se dejan llevar por el sentido de aventura, también confiando en que están en compañía de dos expertos. Una vez que la lancha está sobre el agua, los dos hermanos pescadores indican a los dos hombres de tierra cuál es el lugar de cada uno.

—Tú, Tico, ven a sentarte acá adelante conmigo —indica Gonzalo apuntando el dedo sobre el lugar. —Y tú, Manuel, siéntate detrás de mí, a un lado de mi hermano. Van a ver cómo lo hacemos nosotros, y lo van a hacer ustedes igual. 

Muy valientes, los novatos se disponen a obedecer en su primera salida al mar. La lancha era bastante grande y podían caber más, con cuatro a los remos y otros atendiendo las redes y las líneas de pescar.

Pronto la lancha se aleja de la orilla, y los dos rancheros, Tico y Manuel, se encuentran bien atareados intentando seguir el paso a los dos pescadores que reman, uno adelante a la derecha, y otro atrás a la izquierda. Los golpes de remos de los pescadores hacen que su lancha se deslice a velocidad constante sobre el agua. Muy pronto también Tico y Manuel, agarrando el ritmo, participan para ir más veloces. En pocos minutos llegan al centro de la bahía, y remando más mar adentro, dejan atrás la línea del faro. Ahora, poniendo la proa hacia tierra, el espectáculo era fabuloso. Frente a ellos la playa Marinero con su forma de media luna, desde la punta del faro a su izquierda, hasta las rocas de la derecha que cierran la bahía. Del otro lado de estas rocas, la gran playa recta, como de dos kilómetros, que llega a la otra punta, llamada Punta Espinas.
Tico y Manuel ya perdieron sus aires de bravucones, y ahora más humildes están pendientes de que los pescadores les digan qué hacer.

—Nunca habían venido, ¿verdad? —pregunta Gonzalo. 

Los dos hermanos se ríen tímidos, dando a entender la respuesta.

—Y ¿dónde están los peces? —pregunta Tico.

—Más adelante, mar adentro, como otra hora remando. Hay que venir muy temprano, es más fácil que piquen el anzuelo. Ahora vamos a regresar. Ustedes dos van a remar como si nosotros no estuviéramos. Si lo hacen bien, ya estarán listos para la salida a pescar mañana.

Y sentándolos cerca uno a otro en la banca de adelante, los dos pescadores, algo divertidos, se ponen en la banca de atrás, dejando a los rancheros el mando de la lancha. Con buena sorpresa, Tico y Manuel se avientan el reto, y dirigiendo la lancha hacia Puerto Piedra, con pocas dificultades, en menos de veinte minutos llegan a la orilla.

Las fuertes olas encuentran un lugar de calma, allí en Puerto Piedra, donde los cuatro jóvenes acercan la lancha a las piedritas que forman la playa, protegida por la punta de rocas sobre la cual, a buena altura, se levanta el faro.

Semblanza

Francesco Di Benedetto (Nápoles, Italia), llegó a vivir hace más de cuarenta años a Puerto Escondido, su lugar de adopción e infinita inspiración. Su carácter de buscador de historias, mitos y leyendas, lo acercó a los ancianos habitantes del puerto. De sus recuerdos surge la novela "Amanecer en Puerto Escondido" (FR Editor: Oaxaca, 2024). El presente fragmento, que presentamos por la cortesía de su editor, corresponde al capítulo IV de dicha obra.

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