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La doble vida de Vlado Taneski, periodista y sanguinario en serie

hombre
Foto(s): Cortesía
Redacción

Vlado Taneski nació en 1952 en la pequeña población de Kicevo, municipio perteneciente a la actual Macedonia, y que en su momento pertenecía a la República Federativa Socialista de Yugoslavia (RFSY).

De familia conservadora y estricta, el pequeño sufrió el maltrato físico y psicológico por parte de sus progenitores.

El padre, Trajče, era un vigilante nocturno que utilizaba el cinturón para marcar la disciplina en casa y, la madre, Gorica, se mostraba igual de severa e implacable que su marido cuando terminaba su turno como limpiadora en un hospital.

De hecho, Gorica fue especialmente cruel con su hijo Vlado: era una “mujer maligna”, llegó a decir el periodista ya de adulto. Su madre, además de insultarle y gritarle, también lo golpeaba sin motivo alguno en cualquier parte del cuerpo.

 

A causa de las palizas, Vlado tuvo pesadillas y terrores nocturnos y, con los años, ese pavor hacia su madre desembocó en una ola de frustración y odio por no haberse enfrentado a ella. Esta situación de violencia terminó cuando el joven se marchó de casa para estudiar.

Antes de su etapa como periodista, Vlado se graduó como obrero metalúrgico y formó parte de la organización juvenil comunista de su pueblo.

Después, se trasladó a Croacia, se afilió a la Liga de Comunistas de Yugoslavia (el antiguo Partido Comunista) y, en 1973, conoció a su mujer Vesna en un recital de poesía, explicó su esposa en una entrevista años más tarde. Mientras ella terminaba derecho, él hizo lo mismo con periodismo.

Poco después, la pareja contrajo matrimonio, tuvieron dos hijos y prefirieron regresar a Kicevo y mudarse con los padres de Vlado, a pesar de su mala relación: era el único que podía ocuparse de ellos y se sentía en la obligación moral de no dejarles solos. 

En esta nueva etapa, Vlado empezó a trabajar como editor en la radio de la localidad y después como reportero en periódicos como Nova Makedonija y Utrinski Vesnik de Skopje. Sin embargo, la competencia era tan feroz que el joven terminó “plagiando artículos” y presentando “textos de sus colegas como suyos”.

Vlado y Vesna se separaron a principios de 2004: ella se mudó a Skopje con los hijos, pero él decidió quedarse en Kicevo, a sabiendas de que su trabajo como periodista freelance de sucesos no le reportaría los suficientes ingresos.

Después de todo, apenas ocurría nada grave en esta pequeña población yugoslava, una circunstancia que él mismo cambió al cometer su primer crimen.

En bolsas de plástico

El 16 de noviembre de 2004, Mitra Simjanoska, de 64 años, desapareció de su domicilio tras dejar en la cocina un rastro de sangre.

Dos meses después, un empleado de limpieza encontró su cuerpo dentro de una bolsa de plástico en un vertedero de Kicevo: presentaba evidentes signos de haber sido atada, torturada, violada y estrangulada.

Llevaba menos de dos semanas muerta, así que el autor de aquella barbarie había mantenido a la víctima cautiva durante más de cuarenta días.

La noticia del asesinato se extendió enseguida a los medios de comunicación y Vlado Taneski fue uno de los periodistas encargados de personarse en el lugar de los hechos y recopilar información para un artículo. De hecho, llegó a entrevistar a algunos de los familiares y amigos de Mitra.

En sus artículos, Vlado no se limitaba exclusivamente a recoger las declaraciones de investigadores y familiares, también incluía informaciones que algunos tildaron de meras especulaciones.

Por ejemplo, dio detalles del interior del piso de Mitra o aseguró que el cuerpo podría haber sido arrastrado a la cocina… Unos detalles verídicos que la policía mantenía en secreto.

Pese a los fidedignos reportajes de Taneski, las autoridades centraron las pesquisas en dos delincuentes que ya habían asesinado a otro anciano semanas antes del crimen de Mitra.

Los dos hombres fueron condenados a cadena perpetua, pese a que los rastros de semen hallados en el cuerpo de la anciana no correspondían a ninguno de los acusados.

Ni siquiera se planteó la posibilidad de un tercer atacante, y Risteski y Mirčeski fueron enviados a prisión. Tres años después, el periodista volvió a matar.

A principios de noviembre de 2007 Ljubica Licoska, de 56 años, salió a hacer unas compras al finalizar su jornada como mujer de la limpieza, pero nunca regresó. 

Al igual que le pasó a la primera víctima, esta mujer también permaneció cautiva hasta días antes de que hallaran su cuerpo y, durante ese tiempo, fue atada, maltratada, violada y estrangulada.

Una vez muerta, la envolvieron en una bolsa de plástico y la abandonaron en una zona boscosa próxima a una gasolinera de Kicevo.

Los siguientes días, el reportero publicó varios artículos donde elucubró sobre cómo se habría gestado el secuestro de la anciana: habló de una ventana abierta, de una lámpara encendida, de un ataque por sorpresa donde la víctima se resistió, e incluso, de una puñalada en el pecho.

El relato tan escrupuloso del crimen sorprendió a los investigadores, aunque lo achacaron a posibles filtraciones policiales. Sin embargo, tres meses después, un tercer cadáver levantó nuevas sospechas.

El 16 de mayo de 2008, un viandante encontró el cadáver de Zivana Temelkoska, de 65 años, metido en una bolsa de plástico y sobre un montón de basura junto al campo de fútbol local de Kicevo.

Llevaba nueve días desaparecida y, como las anteriores víctimas, fue vejada y asesinada brutalmente. 

A los dos días, Taneski llamó a su editora y le explicó su hipótesis respecto a este último crimen: le aseguró que este guardaba relación con los otros dos ocurridos en Kicevo en 2004 y 2008.

Le planteó las informaciones que había conseguido y, el 19 de mayo, le publicaron a toda página su teoría bajo el titular: “Asesino en serie acecha a Kicevo”.

Horas antes de que se publicase el artículo de Taneski, la policía ya había relacionado a las tres víctimas: tenían edades similares y se dedicaban a labores de limpieza, vivían solas, habían desaparecido y las habían encontrado brutalmente asesinadas.

Además, existía otro vínculo entre ellas, el modus operandi empleado por su asesino: las secuestraba y las mantenía cautivas para torturarlas, golpearlas y violarlas salvajemente. Después, las estrangulaba con un cable telefónico, las metía desnudas en una bolsa de plástico y las arrojaba a lugares apartados de Kicevo.

El cable telefónico

Con estas similitudes, los investigadores hicieron un perfil criminal del posible asesino en serie: un hombre maduro, de complexión fuerte e inteligencia por encima de la media, que vivía en la misma zona donde se habían cometido los crímenes, que conocía a las víctimas y que había desarrollado unos deseos sadomasoquistas en su infancia.

Mientras la policía iniciaba la búsqueda del asesino, el verdadero autor empezó a dejar pistas en forma de supuestas conjeturas periodísticas plasmadas sobre el papel.

Según Vlado, por ejemplo, una de las víctimas había sido engañada por el homicida alegando que su hijo estaba herido, momento que aprovechó para secuestrarla.

En otra ocasión, describió que una de las mujeres llevaba un crucifijo de oro macizo en el cuello y que el “resplandor de sus ojos azules fue apagado por el manto de la muerte”. E, incluso, reveló el modelo de cable telefónico usado por el asesino para estrangular a sus víctimas.

El ADN

La evidencia llegó gracias a unos rastros de sangre encontrados en el cuerpo de Zivana. El análisis forense confirmó que no pertenecían a la víctima y se procedió a la identificación del tipo de sangre.

Esto permitió cribar una larga lista de sospechosos y, tras interrogar a 150 hombres con el mismo grupo sanguíneo, se descartaron a la mayoría excepto a varios vecinos, un taxista y al citado periodista. Acto seguido, les sacaron muestras de ADN para cotejar con otras halladas de semen.

El 20 de junio de 2018, la policía finalmente detuvo a Vlado Taneski y fue acusado de tres delitos de violación y asesinato. Durante el interrogatorio clamó su inocencia y negó los hechos que se le imputaban.

Ni siquiera habló cuando corroboraron que habían aparecido siete cabellos suyos cerca del cuerpo de la primera víctima o que la bata encontrada dentro de la bolsa de Zivana era propiedad de su madre.

Al mismo tiempo, la policía procedió al registro de su vivienda y localizaron cordones y cuerdas que coincidían con los usados para atar a las mujeres, algunas pertenencias de las víctimas y material pornográfico sadomasoquista.

Tres días después de su detención, Taneski apareció muerto en su celda de la cárcel de Tetovo con la cabeza dentro de un barreño de agua. “Se suicidó ahogándose en un cubo de agua”, informaron las autoridades.

“No sabemos cómo nadie de los internos o guardias se dieron cuenta de lo que estaba haciendo.
Se terminó como en una película de terror”, señalaron.

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